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viernes, 21 de septiembre de 2018
viernes, 14 de septiembre de 2018
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "He aquí a tu madre"
TIEMPO ORDINARIO
SÁBADO DE LA SEMANA XXIII
15 de Septiembre
Los siete dones del Espíritu Santo, conferencia VI, 15-21
«He aquí a tu madre» (Jn 19,27)
La gloriosa Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y animada por un amor de compasión hacia Cristo. En el evangelio de Juan se dice: «La mujer, cuando está apunto de dar a luz está triste porque ve venir su hora....» (Jn 16,21). La buenaventura Virgen no ha experimentado los dolores de parto porque no había concebido a consecuencia del pecado como Eva, contra la que fue pronunciada la maldición. El dolor de la Virgen vino después, ha dado a luz en la cruz. Las otras mujeres conocen el dolor físico del alumbramiento, ella experimentó el del corazón. Las otras sufren por una alteración física, ella por la compasión y el amor.
La bienaventurada Virgen ha pagado nuestro rescate como mujer valiente y amando con amor de misericordia por el mundo y, sobre todo, por el pueblo cristiano. «¿Puede una madre olvidarse de su pequeño y no tener entrañas para el fruto de su seno? (cf Is 49,14) Esto nos puede dar a entender que el pueblo cristiano todo entero ha salido de las entrañas de la gloriosa Virgen. ¡Qué Madre tan llena de amor que tenemos! ¡Hagámonos semejantes a ella e imitémosla en su amor! Ella tuvo compasión de nosotros hasta el punto de no considerar para nada la pérdida material y el sufrimiento físico. «Hemos sido rescatados pagando un precio.» (cf 1Cor 6,20).
martes, 31 de julio de 2018
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "La perla de gran valor"
TIEMPO ORDINARIO
MIÉRCOLES DE LA SEMANA XVII
01 de Agosto
Vida de San Francisco, Leyenda mayor, c. 7
La perla de gran valor
Entre los dones espirituales recibidos de la generosidad de Dios, Francisco obtuvo, particularmente, el de enriquecer siempre su tesoro de simplicidad gracias a su gran amor a la pobreza. Viendo que aquella que había sido la compañera habitual del Hijo de Dios había llegado a ser, a partir de entonces, objeto de una animadversión universal, la cogió como esposa y se consagró a ella con un amor eterno. No contentándose con «dejar por ella al padre y a la madre» (Gn 2,24), repartió entre los pobres todo lo que podía tener (Mt 19,21). Nadie ha guardado su dinero tan celosamente como Francisco conservó su pobreza; nunca nadie ha vigilado su tesoro más cuidadosamente como él ésta perla de la que habla el Evangelio.
Nada le producía una herida mayor que encontrar en sus hermanos alguna cosa que no fuera conforme a la pobreza de los religiosos. Desde el inicio de su vida religiosa hasta su muerte, no tuvo otra riqueza que su túnica, una cuerda como cinturón, unos pantalones; no le hacía falta nada más. A menudo, pensando en la pobreza de Jesucristo y de su Madre, lloraba: «He aquí, decía, el porque la pobreza es la reina de las virtudes; es ella la que ha brillado en el Rey de reyes (1Tm 6,15) y en la Reina, su madre».
Un día que los hermanos le preguntaron cuál es la virtud que nos hace más amigos de Cristo, abriendo, por así decir, el secreto de su corazón, les respondió: «Saben, hermanos, que la pobreza espiritual es el camino privilegiado para la salvación, porque es la savia de la humildad y la raíz de la perfección; sus frutos son innumerables aunque escondidos. Ella es ese «tesoro escondido en el campo» que, para comprarlo, dice el Evangelio, es preciso venderlo todo y cuyo valor nos debe empujar a despreciar toda otra cosa».
Fuente: ⒸEvangelizo.org
Fuente: ⒸEvangelizo.org
sábado, 14 de julio de 2018
SANTORAL - SAN BUENAVENTURA
TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO DE LA SEMANA XV
15 de Julio
Por lo que se refiere a sus primeros años, lo único que sabemos acerca de este ilustre hijo de san Francisco de Asís es que nació en Bagnorea, cerca de Viterbo, en Italia, en 1221, y que sus padres fueron Juan Fidanza y María Ritella. Después de tomar el hábito en la orden seráfica, estudió en la Universidad de París, bajo la dirección del maestro inglés Alejandro de Hales. Buenaventura, a quien la historia debía conocer con el nombre de «Doctor seráfico», enseñó teología y Sagrada Escritura en la Universidad de París, de 1248 a 1257. A su genio penetrante unía un juicio muy equilibrado, que le permitía ir al fondo de las cuestiones y dejar de lado todo lo superfluo para discernir todo lo esencial y poner al descubierto los sofismas de las opiniones erróneas. Nada tiene, pues, de extraño que el santo se haya distinguido en la filosofía y teología escolásticas. Buenaventura ofrecía todos los estudios a la gloria de Dios y a su propia santificación, sin confundir el fin con los medios y sin dejar que degenerara su trabajo en disipación y vana curiosidad. No contento con transformar el estudio en una prolongación de la plegaria, consagraba gran parte de su tiempo a la oración propiamente dicha, convencido de que ésa era la clave de la vida espiritual. Porque, como lo enseña san Pablo, sólo el Espíritu de Dios puede hacernos penetrar sus secretos designios y grabar sus palabras en nuestros corazones. Tan grande era la pureza e inocencia del santo, que su maestro, Alejandro de Hales, afirmaba que «parecía que no había pecado en Adán». El rostro de Buenaventura reflejaba el gozo, fruto de la paz en que su alma vivía. Como el mismo santo escribió, «el gozo espiritual es la mejor señal de que la gracia habita en un alma».
El santo no veía en sí más que faltas e imperfecciones y, por humildad, se abstenía algunas veces de recibir la comunión, por más que su alma ansiaba unirse al objeto de su amor y acercarse a la fuente de la gracia. Pero un milagro de Dios permitió a san Buenaventura superar tales escrúpulos. Las actas de canonización lo narran así: «Desde hacía varios días no se atrevía a acercarse al banquete celestial. Pero, cierta vez en que asistía a la misa y meditaba sobre la Pasión del Señor, nuestro Salvador, para premiar su humildad y su amor, hizo que un ángel tomara de las manos del sacerdote una parte de la hostia consagrada y la depositara en su boca». A partir de entonces, Buenaventura comulgó sin ningún escrúpulo y encontró en la comunión una fuente de gozo y de gracias. San Buenaventura se preparó a recibir el sacerdocio con severos ayunos y largas horas de oración, pues su gran humildad le hacía acercarse con temor y temblor a esa altísima dignidad.
Buenaventura se entregó con entusiasmo a la tarea de cooperar a la salvación de sus prójimos, como lo exigía la gracia del sacerdocio. La energía con que predicaba la palabra de Dios encendía los corazones de sus oyentes; cada una de sus palabras estaba dictada por un ardiente amor. Durante los años que pasó en París, compuso una de sus obras más conocidas, el «Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo», que constituye una verdadera suma de teología escolástica. El papa Sixto IV, refiriéndose a esa obra, dijo que «la manera como se expresa sobre la teología, indica que el Espíritu Santo hablaba por su boca». Los violentos ataques de algunos de los profesores de la Universidad de París contra los franciscanos perturbaron la paz de los años que Buenaventura pasó en esa ciudad. Tales ataques se debían, en gran parte, a la envidia que provocaban los éxitos pastorales y académicos de los hijos de san Francisco y a que la santa vida de los frailes resultaba un reproche constante a la mundana existencia de otros profesores. El jefe del partido que se oponía a los franciscanos era Guillermo de Saint Amour, quien atacó violentamente a san Buenaventura en una obra titulada «Los peligros de los últimos tiempos». Éste tuvo que suspender sus clases durante algún tiempo y contestó a los ataques con un tratado sobre la pobreza evangélica, con el título de «Sobre la pobreza de Cristo». El Papa Alejandro IV nombró a una comisión de cardenales para que examinasen el asunto en Anagni, con el resultado de que fue quemado públicamente el Iibro de Guillermo de Saint Amour, fueron devueltas sus cátedras a los hijos de san Francisco y fue ordenado el silencio a sus enemigos. Un año más tarde, en 1257, san Buenaventura y santo Tomás de Aquino recibieron juntos el título de doctores.
San Buenaventura escribió un tratado «Sobre la vida de perfección», destinado a la beata Isabel, hermana de san Luis de Francia y a las Clarisas Pobres del convento de Longchamps. Otras de sus principales obras místicas son el «Soliloquio» y el tratado «Sobre el triple camino». Es conmovedor el amor que respira cada una de las palabras de san Buenaventura. Gerson, el erudito y devoto canciller de la Universidad de París, escribe a propósito de sus obras: «A mi modo de ver, entre todos los doctores católicos, Eustaquio (porque así podemos traducir el nombre de Buenaventura) es el que más ilustra la inteligencia y enciende al mismo tiempo el corazón. En particular, el Breviloquium y el Itinerarium mentis in Deum están compuestos con tanto arte, fuerza y concisión, que ningún otro escrito puede aventajarlos». Y en otro libro, comenta: «Me parece que las obras de Buenaventura son las más aptas para la instrucción de los fieles, por su solidez, ortodoxia y espíritu de devoción. Buenaventura se guarda cuanto puede de los vanos adornos y no trata de cuestiones de lógica o física ajenas a la materia. No existe doctrina más sublime, más divina y más religiosa que la suya». Estas palabras se aplican sobre todo, a los tratados espirituales que reproducen sus meditaciones frecuentes sobre las delicias del cielo y sus esfuerzos por despertar en los cristianos el mismo deseo de la gloria que a él le animaba. Como dice en su escrito, «Dios, todos los espíritus gloriosos y toda la familia del Rey Celestial nos esperan y desean que vayamos a reunirnos con ellos. ¡Es imposible que no se anhele ser admitido en tan dulce compañía! Pero quien en este valle de lágrimas no haya tratado de vivir con el deseo del cielo, elevándose constantemente sobre las cosas visibles, tendrá vergüenza al comparecer a la presencia de la corte celestial». Según el santo, la perfección cristiana, más que en el heroísmo de la vida religiosa, consiste en hacer bien las acciones más ordinarias. He aquí sus propias palabras: «La perfección del cristiano consiste en hacer perfectamente las cosas ordinarias. La fidelidad en las cosas pequeñas es una virtud heroica». En efecto, tal fidelidad constituye una constante crucifixión del amor propio, un sacrificio total de la libertad, del tiempo y de los afectos y, por ello mismo, establece el reino de la gracia en el alma.
En 1257, Buenaventura fue elegido superior general de los Frailes Menores. No había cumplido aún los treinta y seis años y la Orden estaba desgarrada por la división entre los que predicaban una severidad inflexible y los que pedían que se mitigase la regla original; naturalmente, entre esos dos extremos, se situaban todas las otras interpretaciones. Los más rigoristas, a los que se conocía con el nombre de «los espirituales», habían caído en el error y en la desobediencia, con lo cual habían dado armas a los enemigos de la orden en la Universidad de París. El joven superior general escribió una carta a todos los provinciales para exigirles la perfecta observancia de la regla y la reforma de los relajados, pero sin caer en los excesos de los espirituales. El primero de los cinco capítulos generales que presidió san Buenaventura, se reunió en Narbona en 1260. Ahí presentó una serie de declaraciones de las reglas que fueron adoptadas y ejercieron gran influencia sobre la vida de la Orden, pero no lograron aplacar a los rigoristas. A instancias de los miembros del capítulo, san Buenaventura empezó a escribir la vida de san Francisco de Asís. La manera como llevó a cabo esa tarea, muestra que estaba empapado de las virtudes del santo sobre el cual escribía. Santo Tomás de Aquino, que fue a visitar un día a Buenaventura cuando éste se ocupaba de escribir la biografía del «Pobrecito de Asís», le encontró en su celda sumido en la contemplación. En vez de interrumpirle, santo Tomás se retiró, diciendo: «Dejemos a un santo trabajar por otro santo». La vida escrita por san Buenaventura, titulada «La Leyenda Mayor», es una obra de gran importancia acerca de la vida de san Francisco, aunque el autor manifiesta en ella cierta tendencia a forzar la verdad histórica para emplearla como testimonio contra los que pedían la mitigación de la regla. San Buenaventura gobernó la orden de San Francisco durante diecisiete años y se le llama, con razón, el segundo fundador.
En 1265, el papa Clemente IV trató de nombrar a san Buenaventura arzobispo de York, a la muerte de Godofredo de Ludham, pero el santo consiguió disuadir de ello al Pontífice. Sin embargo, al año siguiente, el beato Gregorio X le nombró cardenal obispo de Albano, le ordenó aceptar el cargo por obediencia y le llamó inmediatamente a Roma. Los legados pontificios le esperaban con el capelo y las otras insignias de su dignidad; según se cuenta, fueron a su encuentro hasta cerca de Florencia y le hallaron en el convento franciscano de Mugello, lavando los platos. Como Buenaventura tenía la manos sucias, rogó a los legados que colgasen el capelo en la rama de un árbol y que se paseasen un poco por el huerto hasta que terminase su tarea. Sólo entonces san Buenaventura tomó el capelo y fue a presentar a los legados los honores debidos.
Gregorio X encomendó a san Buenaventura la preparación de los temas que se iban a tratar en el Concilio ecuménico de Lyon, acerca de la unión con los griegos ortodoxos, pues el emperador Miguel Paleólogo había propuesto la unión a Clemente IV. Los más distinguidos teólogos de la Iglesia asistieron a dicho Concilio. Como se sabe, santo Tomás de Aquino murió cuando se dirigía a él. San Buenaventura fue, sin duda, el personaje más notable de la asamblea. Llegó a Lyon con el Papa, varios meses antes de la apertura del Concilio. Entre la segunda y la tercera sesión reunió el capítulo general de su orden y renunció al cargo de superior general. Cuando llegaron los delegados griegos, el santo inició las conversaciones con ellos y la unión con Roma se llevó a cabo. En acción de gracias, el Papa cantó la misa el día de la fiesta de San Pedro y San Pablo. La epístola, el evangelio y el credo, se cantaron en latín y en griego y san Buenaventura predicó en la ceremonia. El Seráfico Doctor murió durante las celebraciones, la noche del 14 al 15 de julio. Ello le ahorró la pena de ver a Constantinopla rechazar la unión por la que tanto había trabajado. Pedro de Tarantaise, el dominico que ciñó más tarde la tiara pontificia con el nombre de Inocencio V, predicó el panegírico de san Buenaventura y dijo en él: «Cuantos conocieron a Buenaventura le respetaron y le amaron. Bastaba simplemente con oírle predicar para sentirse movido a tomarle por consejero, porque era un hombre afable, cortés, humilde, cariñoso, compasivo, prudente, casto y adornado de todas las virtudes».
Se cuenta que, como superior general, fue un día a visitar el convento de Foligno. Cierto frailecillo tenía muchas ganas de hablar con él, pero era demasiado humilde y tímido para atreverse. Pero, en cuanto partió san Buenaventura, el frailecillo cayó en la cuenta de la oportunidad que había perdido y echó a correr tras él y le rogó que le escuchase un instante. El santo accedió inmediatamente y tuvo una larga conversación con él, a la vera del camino. Cuando el frailecillo partió de vuelta al convento, lleno de consuelo, san Buenaventura observó ciertas muestras de impaciencia entre los miembros de su comitiva y les dijo sonriendo: «Hermanos míos, perdonadme, pero tenía que cumplir con mi deber, porque soy a la vez superior y siervo y ese frailecillo es, a la vez, mi hermano y mi amo. La regla nos dice: `Los superiores deben recibir a los hermanos con caridad y bondad y portarse con ellos como si fuesen sus siervos, porque los superiores, son, en verdad, los siervos de todos los hermanos'. Así pues, como superior y siervo, estaba yo obligado a ponerme a la disposición de ese frailecillo, que es mi amo, y a tratar de ayudarle lo mejor posible en sus necesidades». Tal era el espíritu con que el santo gobernaba su orden. Cuando se le había confiado el cargo de superior general, pronunció estas palabras: «Conozco perfectamente mi incapacidad, pero también sé cuán duro es dar coces contra el aguijón. Así pues, a pesar de mi poca inteligencia, de mi falta de experiencia en los negocios y de la repugnancia que siento por el cargo, no quiero seguir opuesto al deseo de mi familia religiosa y a la orden del Sumo Pontífice, porque temo oponerme con ello a la voluntad de Dios. Por consiguiente, tomaré sobre mis débiles hombros esa carga pesada, demasiado pesada para mí. Confío en que el cielo me ayudará y cuento con la ayuda que todos vosotros podéis prestarme». Estas dos citas revelan la sencillez, la humildad y la caridad que caracterizaban a san Buenaventura. Y, aunque no hubiese pertenecido a la orden seráfica, habría merecido el título de «Doctor Seráfico» por las virtudes angélicas que realzaban su saber. Fue canonizado en 1482 y declarado Doctor de la Iglesia en 1588.
No existe ninguna biografía propiamente dicha que date de la época del santo, pero en las crónicas de la Orden Franciscana y en otras fuentes antiguas se encuentran numerosos datos sobre él. En la monumental edición Quaracchi de las obras del Doctor Seráfico se han reunido los datos más importantes, tomados, por ejemplo, de Salimbene, Bernardo de Besse, Angelo Clareno, la Crónica de los XXIV Generales, etc. (vol. X). El texto del proceso de canonización que se llevó a cabo en Lyon en 1479-1480, se halla en Miscellanea Francescana di storia, di lettere, di arti, vols. XVII y XVIII (1916 y 1917); pero dicho documento sólo trata prácticamente de los milagros. La canonización, como se sabe, tuvo lugar en 1482, en tiempos de Sixto IV. Entre las numerosas biografías modernas, la más exacta parece ser la de L. Lemmens en la versión italiana publicada en Milán en 1921. Para esa versión el autor revisó el texto original que había publicado en alemán en 1909, y lo modificó mucho, siguiendo el consejo de los críticos, particularmente de los del Archivum Franciscanum Historicum (vol. III, pp. 344-348). La biografía italiana de D. M. Sparacio (1921) exagera un poco el punto de vista de los franciscanos conventuales y adolece de cierto espíritu polémico. La biografía francesa de Leonardo de Carvalho e Castro (1923), aunque admirablemente presentada, minimiza la actividad de san Buenaventura en París y su oposición a los maestros de la orden de Santo Domingo. El Breviloquium de San Buenaventura, constituye un comiso resumen de sus teorías.
En el Oficio de lecturas se utilizan algunos fragmentos de san Buenaventura a lo largo del año: del prólogo al Breviloquio, del Opúsculo sobre el itinerario de la mente hacia Dios,de El árbol de la vida.
Dentro de las Catequesis que SS Benedicto XVI dedicó a los Padres, Doctores y grandes teólogos de la Iglesia, tres del año 2010 las centró en san Buenaventura, que introdujo con estas palabras: «Os confieso que, al proponeros este tema, siento cierta nostalgia, porque pienso en los trabajos de investigación que, como joven estudioso, realicé precisamente sobre este autor, especialmente importante para mí. Su conocimiento incidió notablemente en mi formación.» Son las del 3 de marzo, 10 de marzo y 17 de marzo.
Algunas obras pueden ser leídas en línea, y también puede accederse en El Testigo Fiel a la bellísima oración de san Buenaventura «Traspasa, dulcísimo Señor Jesús...» (en castellano y en el original latino), que tantas veces la Iglesia ha recomendado para meditar en la Eucaristía.
Fuente: ©Evangelizo.org
El santo no veía en sí más que faltas e imperfecciones y, por humildad, se abstenía algunas veces de recibir la comunión, por más que su alma ansiaba unirse al objeto de su amor y acercarse a la fuente de la gracia. Pero un milagro de Dios permitió a san Buenaventura superar tales escrúpulos. Las actas de canonización lo narran así: «Desde hacía varios días no se atrevía a acercarse al banquete celestial. Pero, cierta vez en que asistía a la misa y meditaba sobre la Pasión del Señor, nuestro Salvador, para premiar su humildad y su amor, hizo que un ángel tomara de las manos del sacerdote una parte de la hostia consagrada y la depositara en su boca». A partir de entonces, Buenaventura comulgó sin ningún escrúpulo y encontró en la comunión una fuente de gozo y de gracias. San Buenaventura se preparó a recibir el sacerdocio con severos ayunos y largas horas de oración, pues su gran humildad le hacía acercarse con temor y temblor a esa altísima dignidad.
Buenaventura se entregó con entusiasmo a la tarea de cooperar a la salvación de sus prójimos, como lo exigía la gracia del sacerdocio. La energía con que predicaba la palabra de Dios encendía los corazones de sus oyentes; cada una de sus palabras estaba dictada por un ardiente amor. Durante los años que pasó en París, compuso una de sus obras más conocidas, el «Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo», que constituye una verdadera suma de teología escolástica. El papa Sixto IV, refiriéndose a esa obra, dijo que «la manera como se expresa sobre la teología, indica que el Espíritu Santo hablaba por su boca». Los violentos ataques de algunos de los profesores de la Universidad de París contra los franciscanos perturbaron la paz de los años que Buenaventura pasó en esa ciudad. Tales ataques se debían, en gran parte, a la envidia que provocaban los éxitos pastorales y académicos de los hijos de san Francisco y a que la santa vida de los frailes resultaba un reproche constante a la mundana existencia de otros profesores. El jefe del partido que se oponía a los franciscanos era Guillermo de Saint Amour, quien atacó violentamente a san Buenaventura en una obra titulada «Los peligros de los últimos tiempos». Éste tuvo que suspender sus clases durante algún tiempo y contestó a los ataques con un tratado sobre la pobreza evangélica, con el título de «Sobre la pobreza de Cristo». El Papa Alejandro IV nombró a una comisión de cardenales para que examinasen el asunto en Anagni, con el resultado de que fue quemado públicamente el Iibro de Guillermo de Saint Amour, fueron devueltas sus cátedras a los hijos de san Francisco y fue ordenado el silencio a sus enemigos. Un año más tarde, en 1257, san Buenaventura y santo Tomás de Aquino recibieron juntos el título de doctores.
San Buenaventura escribió un tratado «Sobre la vida de perfección», destinado a la beata Isabel, hermana de san Luis de Francia y a las Clarisas Pobres del convento de Longchamps. Otras de sus principales obras místicas son el «Soliloquio» y el tratado «Sobre el triple camino». Es conmovedor el amor que respira cada una de las palabras de san Buenaventura. Gerson, el erudito y devoto canciller de la Universidad de París, escribe a propósito de sus obras: «A mi modo de ver, entre todos los doctores católicos, Eustaquio (porque así podemos traducir el nombre de Buenaventura) es el que más ilustra la inteligencia y enciende al mismo tiempo el corazón. En particular, el Breviloquium y el Itinerarium mentis in Deum están compuestos con tanto arte, fuerza y concisión, que ningún otro escrito puede aventajarlos». Y en otro libro, comenta: «Me parece que las obras de Buenaventura son las más aptas para la instrucción de los fieles, por su solidez, ortodoxia y espíritu de devoción. Buenaventura se guarda cuanto puede de los vanos adornos y no trata de cuestiones de lógica o física ajenas a la materia. No existe doctrina más sublime, más divina y más religiosa que la suya». Estas palabras se aplican sobre todo, a los tratados espirituales que reproducen sus meditaciones frecuentes sobre las delicias del cielo y sus esfuerzos por despertar en los cristianos el mismo deseo de la gloria que a él le animaba. Como dice en su escrito, «Dios, todos los espíritus gloriosos y toda la familia del Rey Celestial nos esperan y desean que vayamos a reunirnos con ellos. ¡Es imposible que no se anhele ser admitido en tan dulce compañía! Pero quien en este valle de lágrimas no haya tratado de vivir con el deseo del cielo, elevándose constantemente sobre las cosas visibles, tendrá vergüenza al comparecer a la presencia de la corte celestial». Según el santo, la perfección cristiana, más que en el heroísmo de la vida religiosa, consiste en hacer bien las acciones más ordinarias. He aquí sus propias palabras: «La perfección del cristiano consiste en hacer perfectamente las cosas ordinarias. La fidelidad en las cosas pequeñas es una virtud heroica». En efecto, tal fidelidad constituye una constante crucifixión del amor propio, un sacrificio total de la libertad, del tiempo y de los afectos y, por ello mismo, establece el reino de la gracia en el alma.
En 1257, Buenaventura fue elegido superior general de los Frailes Menores. No había cumplido aún los treinta y seis años y la Orden estaba desgarrada por la división entre los que predicaban una severidad inflexible y los que pedían que se mitigase la regla original; naturalmente, entre esos dos extremos, se situaban todas las otras interpretaciones. Los más rigoristas, a los que se conocía con el nombre de «los espirituales», habían caído en el error y en la desobediencia, con lo cual habían dado armas a los enemigos de la orden en la Universidad de París. El joven superior general escribió una carta a todos los provinciales para exigirles la perfecta observancia de la regla y la reforma de los relajados, pero sin caer en los excesos de los espirituales. El primero de los cinco capítulos generales que presidió san Buenaventura, se reunió en Narbona en 1260. Ahí presentó una serie de declaraciones de las reglas que fueron adoptadas y ejercieron gran influencia sobre la vida de la Orden, pero no lograron aplacar a los rigoristas. A instancias de los miembros del capítulo, san Buenaventura empezó a escribir la vida de san Francisco de Asís. La manera como llevó a cabo esa tarea, muestra que estaba empapado de las virtudes del santo sobre el cual escribía. Santo Tomás de Aquino, que fue a visitar un día a Buenaventura cuando éste se ocupaba de escribir la biografía del «Pobrecito de Asís», le encontró en su celda sumido en la contemplación. En vez de interrumpirle, santo Tomás se retiró, diciendo: «Dejemos a un santo trabajar por otro santo». La vida escrita por san Buenaventura, titulada «La Leyenda Mayor», es una obra de gran importancia acerca de la vida de san Francisco, aunque el autor manifiesta en ella cierta tendencia a forzar la verdad histórica para emplearla como testimonio contra los que pedían la mitigación de la regla. San Buenaventura gobernó la orden de San Francisco durante diecisiete años y se le llama, con razón, el segundo fundador.
En 1265, el papa Clemente IV trató de nombrar a san Buenaventura arzobispo de York, a la muerte de Godofredo de Ludham, pero el santo consiguió disuadir de ello al Pontífice. Sin embargo, al año siguiente, el beato Gregorio X le nombró cardenal obispo de Albano, le ordenó aceptar el cargo por obediencia y le llamó inmediatamente a Roma. Los legados pontificios le esperaban con el capelo y las otras insignias de su dignidad; según se cuenta, fueron a su encuentro hasta cerca de Florencia y le hallaron en el convento franciscano de Mugello, lavando los platos. Como Buenaventura tenía la manos sucias, rogó a los legados que colgasen el capelo en la rama de un árbol y que se paseasen un poco por el huerto hasta que terminase su tarea. Sólo entonces san Buenaventura tomó el capelo y fue a presentar a los legados los honores debidos.
Gregorio X encomendó a san Buenaventura la preparación de los temas que se iban a tratar en el Concilio ecuménico de Lyon, acerca de la unión con los griegos ortodoxos, pues el emperador Miguel Paleólogo había propuesto la unión a Clemente IV. Los más distinguidos teólogos de la Iglesia asistieron a dicho Concilio. Como se sabe, santo Tomás de Aquino murió cuando se dirigía a él. San Buenaventura fue, sin duda, el personaje más notable de la asamblea. Llegó a Lyon con el Papa, varios meses antes de la apertura del Concilio. Entre la segunda y la tercera sesión reunió el capítulo general de su orden y renunció al cargo de superior general. Cuando llegaron los delegados griegos, el santo inició las conversaciones con ellos y la unión con Roma se llevó a cabo. En acción de gracias, el Papa cantó la misa el día de la fiesta de San Pedro y San Pablo. La epístola, el evangelio y el credo, se cantaron en latín y en griego y san Buenaventura predicó en la ceremonia. El Seráfico Doctor murió durante las celebraciones, la noche del 14 al 15 de julio. Ello le ahorró la pena de ver a Constantinopla rechazar la unión por la que tanto había trabajado. Pedro de Tarantaise, el dominico que ciñó más tarde la tiara pontificia con el nombre de Inocencio V, predicó el panegírico de san Buenaventura y dijo en él: «Cuantos conocieron a Buenaventura le respetaron y le amaron. Bastaba simplemente con oírle predicar para sentirse movido a tomarle por consejero, porque era un hombre afable, cortés, humilde, cariñoso, compasivo, prudente, casto y adornado de todas las virtudes».
Se cuenta que, como superior general, fue un día a visitar el convento de Foligno. Cierto frailecillo tenía muchas ganas de hablar con él, pero era demasiado humilde y tímido para atreverse. Pero, en cuanto partió san Buenaventura, el frailecillo cayó en la cuenta de la oportunidad que había perdido y echó a correr tras él y le rogó que le escuchase un instante. El santo accedió inmediatamente y tuvo una larga conversación con él, a la vera del camino. Cuando el frailecillo partió de vuelta al convento, lleno de consuelo, san Buenaventura observó ciertas muestras de impaciencia entre los miembros de su comitiva y les dijo sonriendo: «Hermanos míos, perdonadme, pero tenía que cumplir con mi deber, porque soy a la vez superior y siervo y ese frailecillo es, a la vez, mi hermano y mi amo. La regla nos dice: `Los superiores deben recibir a los hermanos con caridad y bondad y portarse con ellos como si fuesen sus siervos, porque los superiores, son, en verdad, los siervos de todos los hermanos'. Así pues, como superior y siervo, estaba yo obligado a ponerme a la disposición de ese frailecillo, que es mi amo, y a tratar de ayudarle lo mejor posible en sus necesidades». Tal era el espíritu con que el santo gobernaba su orden. Cuando se le había confiado el cargo de superior general, pronunció estas palabras: «Conozco perfectamente mi incapacidad, pero también sé cuán duro es dar coces contra el aguijón. Así pues, a pesar de mi poca inteligencia, de mi falta de experiencia en los negocios y de la repugnancia que siento por el cargo, no quiero seguir opuesto al deseo de mi familia religiosa y a la orden del Sumo Pontífice, porque temo oponerme con ello a la voluntad de Dios. Por consiguiente, tomaré sobre mis débiles hombros esa carga pesada, demasiado pesada para mí. Confío en que el cielo me ayudará y cuento con la ayuda que todos vosotros podéis prestarme». Estas dos citas revelan la sencillez, la humildad y la caridad que caracterizaban a san Buenaventura. Y, aunque no hubiese pertenecido a la orden seráfica, habría merecido el título de «Doctor Seráfico» por las virtudes angélicas que realzaban su saber. Fue canonizado en 1482 y declarado Doctor de la Iglesia en 1588.
No existe ninguna biografía propiamente dicha que date de la época del santo, pero en las crónicas de la Orden Franciscana y en otras fuentes antiguas se encuentran numerosos datos sobre él. En la monumental edición Quaracchi de las obras del Doctor Seráfico se han reunido los datos más importantes, tomados, por ejemplo, de Salimbene, Bernardo de Besse, Angelo Clareno, la Crónica de los XXIV Generales, etc. (vol. X). El texto del proceso de canonización que se llevó a cabo en Lyon en 1479-1480, se halla en Miscellanea Francescana di storia, di lettere, di arti, vols. XVII y XVIII (1916 y 1917); pero dicho documento sólo trata prácticamente de los milagros. La canonización, como se sabe, tuvo lugar en 1482, en tiempos de Sixto IV. Entre las numerosas biografías modernas, la más exacta parece ser la de L. Lemmens en la versión italiana publicada en Milán en 1921. Para esa versión el autor revisó el texto original que había publicado en alemán en 1909, y lo modificó mucho, siguiendo el consejo de los críticos, particularmente de los del Archivum Franciscanum Historicum (vol. III, pp. 344-348). La biografía italiana de D. M. Sparacio (1921) exagera un poco el punto de vista de los franciscanos conventuales y adolece de cierto espíritu polémico. La biografía francesa de Leonardo de Carvalho e Castro (1923), aunque admirablemente presentada, minimiza la actividad de san Buenaventura en París y su oposición a los maestros de la orden de Santo Domingo. El Breviloquium de San Buenaventura, constituye un comiso resumen de sus teorías.
En el Oficio de lecturas se utilizan algunos fragmentos de san Buenaventura a lo largo del año: del prólogo al Breviloquio, del Opúsculo sobre el itinerario de la mente hacia Dios,de El árbol de la vida.
Dentro de las Catequesis que SS Benedicto XVI dedicó a los Padres, Doctores y grandes teólogos de la Iglesia, tres del año 2010 las centró en san Buenaventura, que introdujo con estas palabras: «Os confieso que, al proponeros este tema, siento cierta nostalgia, porque pienso en los trabajos de investigación que, como joven estudioso, realicé precisamente sobre este autor, especialmente importante para mí. Su conocimiento incidió notablemente en mi formación.» Son las del 3 de marzo, 10 de marzo y 17 de marzo.
Algunas obras pueden ser leídas en línea, y también puede accederse en El Testigo Fiel a la bellísima oración de san Buenaventura «Traspasa, dulcísimo Señor Jesús...» (en castellano y en el original latino), que tantas veces la Iglesia ha recomendado para meditar en la Eucaristía.
Fuente: ©Evangelizo.org
miércoles, 11 de julio de 2018
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Por los caminos proclamad que el Reino de los cielos está cerca"
TIEMPO ORDINARIO
JUEVES DE LA SEMANA XIV
12 de Julio
“Por los caminos proclamad que el Reino de los cielos está cerca”
En cierta ocasión asistía devotamente a una misa que se celebraba en memoria de los apóstoles, se leyó aquel evangelio en que Cristo, al enviar a sus discípulos a predicar, les traza la forma evangélica de vida que habían de observar, esto es, que no posean oro o plata, ni tengan dinero en los cintos, que no lleven alforja para el camino, ni usen dos túnicas ni calzado, ni se provean tampoco de bastón.
Francisco, tan pronto como oyó estas palabras y comprendió su alcance, el enamorado de la pobreza evangélica se esforzó por grabarlas en su memoria, y lleno de indecible alegría exclamó: “Esto es lo que quiero, esto lo que de todo corazón ansío”. Y al momento se quita el calzado de sus pies, arroja el bastón, detesta la alforja y el dinero y, contento con una sola y corta túnica, se desprende la correa, y en su lugar se ciñe con una cuerda, poniendo toda su solicitud en llevar a cabo lo que había oído y en ajustarse completamente a la forma de vida apostólica.
Desde entonces, el varón de Dios, fiel a la inspiración divina, comenzó a plasmar en sí la perfección evangélica y a invitar a los demás a penitencia. Sus palabras no eran vacías ni objeto de risa, sino llenas de la fuerza del Espíritu Santo, calaban muy hondo en el corazón, de modo que los oyentes se sentían profundamente impresionados. Al comienzo de todas sus predicaciones saludaba al pueblo, anunciándole la paz con estas palabras: “¡El Señor os dé la paz!” Tal saludo lo aprendió por revelación divina, como él mismo lo confesó más tarde... Así, pues, tan pronto como llegó a oídos de muchos la noticia de la verdad, tanto de la sencilla doctrina como de la vida del varón de Dios, algunos hombres, impresionados con su ejemplo, comenzaron a animarse a hacer penitencia, y, abandonadas todas las cosas, se unieron a él, acomodándose a su vestido y vida.
Fuente:©Evangelizo.org
jueves, 7 de junio de 2018
REFLEXIÓN - EN TI ESTA LA FUENTE DE LA VIDA
TIEMPO ORDINARIO
VIERNES DE LA SEMANA IX
De la Solemnidad.
08 de Junio
EL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS. (SOLEMNIDAD)
La devoción al Corazón de Jesús existió ya en los primeros tiempos de la Iglesia, pero en el siglo diecisiete, Nuestro Señor Jesucristo se apareció a Santa Margarita María de Alacoque, en Paray-le-Monial, Francia, solicitando, que se le venerase. Su Corazón estaba rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior de su corazón, salía una cruz, entre tanto le dijo: «He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres no recibe nada más que ingratitud, irreverencia y desprecio, en este sacramento de amor.»De las Obras de san Buenaventura, obispo
(Opúsculo 3, El árbol de la vida, 29-30. 47: Opera omnia 8, 79)
EN TI ESTA LA FUENTE DE LA VIDA
Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!
Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna.
Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que labra su nido en los agujeros de la peña; sé el pájaro que encuentra su casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.
Corre con vivo deseo a esta fuente de vida y de luz quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:
«¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!
¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable!
De ti procede el río que alegra a la ciudad de Dios. Recrea con el agua de este deseable torrente los resecos labios de los sedientos de amor, para que con voz de regocijo y gratitud te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz.»
sábado, 19 de mayo de 2018
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "El Fuego del Pentecostés"
TIEMPO PASCUAL
DOMINGO DE PENTECOSTÉS
20 de Mayo
El Fuego del Pentecostés
Siete semanas después de la Resurrección, el quincuagésimo día, «los discípulos estaban todos reunidos con las mujeres y María la Madre de Jesús, de repente vino del cielo un ruido como una impetuosa ráfaga de viento» (Hch 1:14; 2:1-2)
El Espíritu descendió entonces sobre ese grupo de ciento veinte personas y se apareció bajo la forma de lenguas de fuego, porque iba a darles la palabra a sus bocas, la luz a su inteligencia y el ardor a su amor. Todos quedaron llenos de Espíritu Santo y se pusieron a hablar en diversas lenguas según el Espíritu les concedía expresarse. Les enseño toda la verdad, los encendió del perfecto amor y los confirmó en toda virtud. Es así que, ayudados de su gracia, iluminados por su doctrina y fortificados por su poder, aunque poco numerosos y sencillos, «plantaron la Iglesia con el precio de su sangre» [Brev.Rom] en el mundo entero, tanto por el fuego sus discursos como por su perfecta ejemplaridad y sus prodigiosos milagros.
Esta Iglesia purificada, iluminada y llevada a la perfección por la virtud de ese mismo Espíritu, se dio a amar por su esposo, tanto que pareció bella, admirable por sus distintos ornamentos, pero al contrario terrible como un ejército listo para la batalla contra Satanás y contra sus ángeles.
Fuente: ©Evangelizo.org
viernes, 9 de marzo de 2018
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Las lágrimas y el deseo"
TIEMPO DE CUARESMA
SÁBADO DE LA SEMANA III
10 de Marzo
«Las lágrimas y el deseo»
Oh alma que lloras tus pecados, teme a los juicios divinos, que son un abismo profundo. Teme, he dicho, teme intensamente, aunque seas poco penitente, desagradar más a Dios. Teme aún más, incluso ahora, de ofender de nuevo a Dios. Finalmente, teme sobre todas las cosas estar separada de Dios, privada para siempre de luz, estar siempre quemada por el fuego y carcomida por el gusano que no perece. Teme todo esto, si una penitencia verdadera no te permite morir en la gracia final, y canta con el profeta: « Ante ti mi carne tiembla de miedo, tus juicios me llenan de temor». (Sal. 118:120)
Sin embargo, desea los dones celestiales. Elévate por la flama del divino amor hasta estar en Dios, quien te ha soportado pacientemente en el pecado, que te ha esperado con tanta longanimidad, y llevado a la penitencia con tanta misericordia, por el perdón, la infusión de su gracia y la promesa de la corona eterna. Él te pide que le ofrezcas, o más bien que recibas de Él mismo afín de ofrecerle «el sacrificio de un espíritu quebrantado, de un corazón contrito y humillado» (Sal.50:19) por una amarga compunción sincera, por una justa satisfacción.
Desea con ardor que Dios te muestre su amor por una larga comunicación del Santo Espíritu. Desea con más ardor de ser conformado a él por una fiel imitación de Jesús crucificado. Pero por sobre todo, desea poseer Dios en la clara visión del Padre Eterno afín de que, en toda verdad, puedas cantar con el profeta: «Sediento estoy de Dios fuerte, del Dios de vida; ¿cuándo iré a contemplar el rostro del Señor?» (Sal 41:3)
Fuente: ©Evangelizo.org
jueves, 1 de marzo de 2018
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Lo cogieron, lo echaron fuera de la vid y lo mataron"
TIEMPO DE CUARESMA
VIERNES DE LA SEMANA II
02 de Marzo
La Viña mística, cap. 3, § 5-10
"Yo soy la vid verdadera" dice a Jesús (Jn 15,1)… Cavamos zanjas alrededor de esta vid, es decir cavamos trampas con astucia. Cuando se conspira para hacer caer a alguien en una trampa, es como si caváramos un hoyo delante de él. Por eso se lamenta diciendo: "Cavaron una fosa delante mío" (Sal. 56,7)… Veamos un ejemplo de estas trampas: "Trajeron a una mujer adúltera "ante el Señor Jesús" diciendo: ' Moisés nos ordenó lapidar a estas mujeres. ¿Y tú, qué dices? ' " (Jn 8,3s)… Y otro: "¿Está permitido, sí o no, pagarle el impuesto al emperador?" (Mt 22,17)…
Pero descubrieron que estas trampas no perjudicaban la vid; al contrario, cavando estas fosas, ellos mismos cayeron dentro de ellas (Sal. 56,7)… Y siguieron cavando: no sólo las manos y los pies (Sal. 21,17), sino que perforaron su costado con una lanza (Jn 19,34) y pusieron al descubierto el interior de este corazón santo, que había sido herido por la lanza del amor. En el cántico de su amor, el Esposo dijo: "Heriste mi corazón, mi hermana, mi esposa" (Cant 4,9 tipos de Vulg). Señor Jesús, tu corazón ha quedado herido por amor a tu esposa, tu amiga, tu hermana. ¿Era necesario que tus enemigos lo hirieran más? ¿Qué hacéis, enemigos? ¿No sabíais que este corazón del Señor Jesús, golpeado, ya estaba muerto, desgarrado, y no podía padecer más por otro sufrimiento? El corazón del Esposo, del Señor Jesús, ya había recibido la herida del amor, la muerte del amor. ¿Qué otra muerte podría alcanzarlo?... Los mártires también se ríen cuando se les amenaza, se regocijan cuando se les golpea, triunfan cuando se les mata. ¿Por qué? Porque ya murieron por amor en su corazón, "muertos al pecado" (Rm 6,2) y en el mundo…
El corazón de Jesús fue herido y murió por nosotros; la muerte física triunfó un instante, pero fue vencida para siempre. Ha sido aniquilada cuando Cristo resucitó de entre los muertos, porque "sobre Él la muerte no tiene ningún poder" (Rm 6,9).
Fuente:©Evangelizo.org
“Lo cogieron, lo echaron fuera de la vid y lo mataron”
Pero descubrieron que estas trampas no perjudicaban la vid; al contrario, cavando estas fosas, ellos mismos cayeron dentro de ellas (Sal. 56,7)… Y siguieron cavando: no sólo las manos y los pies (Sal. 21,17), sino que perforaron su costado con una lanza (Jn 19,34) y pusieron al descubierto el interior de este corazón santo, que había sido herido por la lanza del amor. En el cántico de su amor, el Esposo dijo: "Heriste mi corazón, mi hermana, mi esposa" (Cant 4,9 tipos de Vulg). Señor Jesús, tu corazón ha quedado herido por amor a tu esposa, tu amiga, tu hermana. ¿Era necesario que tus enemigos lo hirieran más? ¿Qué hacéis, enemigos? ¿No sabíais que este corazón del Señor Jesús, golpeado, ya estaba muerto, desgarrado, y no podía padecer más por otro sufrimiento? El corazón del Esposo, del Señor Jesús, ya había recibido la herida del amor, la muerte del amor. ¿Qué otra muerte podría alcanzarlo?... Los mártires también se ríen cuando se les amenaza, se regocijan cuando se les golpea, triunfan cuando se les mata. ¿Por qué? Porque ya murieron por amor en su corazón, "muertos al pecado" (Rm 6,2) y en el mundo…
El corazón de Jesús fue herido y murió por nosotros; la muerte física triunfó un instante, pero fue vencida para siempre. Ha sido aniquilada cuando Cristo resucitó de entre los muertos, porque "sobre Él la muerte no tiene ningún poder" (Rm 6,9).
Fuente:©Evangelizo.org
martes, 27 de febrero de 2018
lunes, 19 de febrero de 2018
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Invocar el nombre del Padre"
TIEMPO DE CUARESMA
MARTES DE LA SEMANA I
20 de Febrero
«Invocar el nombre del Padre»
Jesús dijo a sus Apóstoles: «Ustedes cuando oren digan: Padre». Es decir, primero invoquen al Padre; digan, pero no solamente con la voz sino también con el corazón, no vaya a ser que se diga de ustedes como en Isaías: «Este pueblo me ofrece tan sólo palabras, y me honra con los labios, pero su corazón sigue lejos de mí» (Is.29:13). Digan no solamente con el corazón sino también con la boca, pues la oración vocal Dios la recibe como lo dice el salmo: « Por mi boca al Señor doy muchas gracias y alabanzas» (Sal. 108:30). Y esto, porque ésta sirve a la vez para despertar la memoria, estimular al somnoliento, encender el deseo, disponer a la obediencia, expresar la alegría, y dar el ejemplo.
Invoquemos entonces el nombre del Padre. En efecto, él es Padre, por su condición de naturaleza según Efesios: «De quien toda paternidad toma nombre en el cielo o en la tierra» (Ef. 3:15). Por eso leemos en Malaquías: « ¿No tenemos todos único padre? » (Ml.2:10). Él es Padre, también, por el don de su gracia; en Romanos «Ustedes recibieron el espíritu propio de los hijos, que nos permite gritar: ¡Abba!, ¡Padre! » (Rm 8:15); y en Gálatas: «Ustedes ahora son hijos, y como son hijos, Dios ha mandado a nuestros corazones el Espíritu de su propio Hijo que clama al Padre: ¡Abbá!, ¡Padre!». También es Padre por la realización de la gloria, según Jeremías: «Me llamarás “Padre mío” y nunca más te apartarás de mí.» (Jr. 3:19).
Entonces ya que, dentro del nombre del Padre, Dios es comprendido como fundador de la naturaleza, dador de gracia y realizador de la gloria, se nos ha dado comprender también que solamente a él debemos pedir.
Mateo y Lucas concuerdan sobre la invocación del nombre del Padre, afín que en ése único nombre, el hombre sea estimulado en la reverencia y en la confianza, dos alas sin las cuales la oración no es eficaz.
Fuente: ©Evangelizo.org
jueves, 28 de diciembre de 2017
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Recibe al Niño en tus brazos"
TIEMPO DE NAVIDAD
VIERNES. - DIA V INFRAOCTAVA DE NAVIDAD
29 de diciembre
Recibe al Niño en tus brazos
El Maestro de la perfecta humildad no se conformó, Él, quien es el igual al Padre en todo, de someterse a la más bella de las Vírgenes. Se sometió incluso a la Ley afín de redimir y liberar de la esclavitud de la corrupción a «aquellos que estaban bajo la ley, y de compartir la libertad y la gloria de los hijos de Dios» (Gal.4:5 y Rom.8:21). El quiso también que su Madre, aunque totalmente pura, observase la ley de la purificación. Redentor de todos, él mismo quiso ser redimido como primogénito, presentado en el Templo de Dios y quiso que una víctima fuese ofrecida por él en presencia de los justos que exultaban de alegría.
Exulta tú también con ese santo anciano y con Ana. Corre ante la Madre y el Nino, y que el amor triunfe sobre la vergüenza, que el afecto espante el temor. Recibe al Nino en tus brazos, tú también, y di con la esposa: «lo abracé y no lo soltaré más» (Cant.3:4). Mantente con el santo anciano y canta con él: «Ahora, Señor, puedes dejar irse en paz a tu servidor, según tu palabra».
Fuente: ©Evangelizo.org
martes, 12 de diciembre de 2017
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "La humildad del Hijo de Dios"
TIEMPO DE ADVIENTO
MIÉRCOLES DE LA SEMANA II
13 de Diciembre
De la vida de perfección
Aquel que con los ojos del corazón considera sus propios defectos debe «humillarse en verdad bajo el poder de la mano de Dios». De la misma manera, os exhorto, a vosotros que sois siervos de Dios, a humillar profundamente vuestra alma, y a despreciaros al conocer con certeza vuestros propios defectos. Pues «la humildad es una virtud, dice San Bernardo, por medio de la cual el hombre se considera vil, gracias a un exacto conocimiento de sí mismo».
La humildad del Hijo de Dios
Aquel que con los ojos del corazón considera sus propios defectos debe «humillarse en verdad bajo el poder de la mano de Dios». De la misma manera, os exhorto, a vosotros que sois siervos de Dios, a humillar profundamente vuestra alma, y a despreciaros al conocer con certeza vuestros propios defectos. Pues «la humildad es una virtud, dice San Bernardo, por medio de la cual el hombre se considera vil, gracias a un exacto conocimiento de sí mismo».
Por esta humildad, nuestro Padre, el bienaventurado Francisco, se volvió vil a sus propios ojos. Amó a esta humildad y la buscó desde el principio de su vida religiosa hasta el final. Por ella, dejó al mundo, se dejó arrastrar desnudo por las calles de la ciudad, sirvió a los leprosos, confesó sus pecados en sus predicaciones y pidió que se le cubriese de oprobios.
Pero es sobre todo del Hijo de Dios que debéis aprender esta virtud. Él mismo lo dice «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón», pues, según el bienaventurado Gregorio: «el que acumula virtudes sin humildad, tira polvo contra el viento». Al igual que el orgullo es el principio de todo pecado, del mismo modo en efecto, la humildad es el fundamento de todas las virtudes.
Fuente:©Evangelizo.org
Pero es sobre todo del Hijo de Dios que debéis aprender esta virtud. Él mismo lo dice «aprended de mí que soy manso y humilde de corazón», pues, según el bienaventurado Gregorio: «el que acumula virtudes sin humildad, tira polvo contra el viento». Al igual que el orgullo es el principio de todo pecado, del mismo modo en efecto, la humildad es el fundamento de todas las virtudes.
Fuente:©Evangelizo.org
lunes, 11 de diciembre de 2017
jueves, 7 de diciembre de 2017
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Cuando Jesús se hizo carne en María
TIEMPO DE ADVIENTO
VIERNES DE LA SEMANA I
08 de Diciembre
Cuando Jesús se hizo carne en María
Cuando llegó la plenitud de los tiempos (Gal 4:4), del mismo modo que al sexto día, el poder y la sabiduría divina formaron al hombre a partir de la tierra, al principio del sexto año del mundo, el arcángel Gabriel fue enviado a la Virgen, y ella dio su consentimiento. El Espíritu Santo descendió sobre ella, su alma ardiendo como un fuego y santificando su carne con la pureza más perfecta,“la virtud del Altísimo la cubrió de su sombra” (Lc 1:35) afín que ella pudiese soportar semejante ardor. Es así que por obra del Altísimo, instantáneamente un cuerpo fue formado, un alma creada y al mismo tiempo los dos fueron unidos a la divinidad en la persona del Hijo, afín que el mismo fuese Dios y Hombre, las propiedades de cada una de las dos naturalezas permaneciendo salvadas.
¡Oh! ¡Si pudieras tan solo comprender un poco cual fue, y de qué inmensidad, el incendio encendido entonces en el cielo, el refrescamiento provisto, el consuelo acordado! ¡A qué dignidad fue elevada la Virgen María! ¡Cual fue el ennoblecimiento del género humano y cual fue la condescendencia de la Divina Majestad! ¡si pudieras escuchar los cantos de júbilo de la Virgen, subir la montaña con Nuestra Señora, contemplar las suaves abrazos de la Estéril y de la Virgen, y la manera de cómo se cumple el deber de saludarse, manera que el humilde servidor reconoce a su Señor; el heraldo, su Juez; la voz, el Verbo! Estoy seguro que en ese entonces entonabas con dulces acentos junto a la Bienaventurada Virgen el sagrado cántico: «Alaba mi alma al Señor» (Lc 1:46). Estoy seguro que con alegría te unirías al Profeta niño para adorar la admirable concepción virginal.
Fuente: ©Evangelizo.org
lunes, 20 de noviembre de 2017
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Dios, el huésped de nuestra alma"
TIEMPO ORDINARIO
MARTES DE LA SEMANA XXXIII
21 de noviembre
San Buenaventura (1221-1274), franciscano, doctor de la Iglesia De los ejercicios espirituales del alma, capítulo 2 (Tomo II de la Vida de Perfección)
Dios, el huésped de nuestra alma
Escucha, oh alma, cuál es tu dignidad. Tan grande es tu simplicidad que nada puede habitar la morada de tu espíritu, nada puede hacerla su estancia, salvo la pureza y la simplicidad de la eterna Trinidad. Escucha las palabras de tu Esposo: «El Padre y yo vendremos y haremos morada en ella» (Jn 14:23), y también « baja pronto; conviene que hoy me quede yo en tu casa» (Lc.19:5). En efecto, solo Dios te ha creado puede descender en tu espíritu porque, como atestigua San Agustín, él pretende ser más interior que lo más íntimo de ti mismo.
Alégrate entonces, oh alma bienaventurada, de poder ser la anfitriona de tal visitante. «Oh alma bienaventurada, que cada día purificas tu corazón para recibir el Dios que la contiene, ese Dios cuyo huésped no necesita nada, pues posee en él mismo el Autor de todo bien».
Que feliz es el alma que en Dios encuentra su reposo, ya que puede afirmar: Quien me ha creado reposa en mi tienda. No podrá pues rehusar el reposo del cielo a aquella que le ofrece el reposo en esta vida.
Eres muy codiciosa, oh alma mía, si la presencia de un tal visitante no te basta. Para que lo sepas: él es tan generoso que te enriquecerá de sus dones. Dejar en la indigencia a su anfitriona, ¿no sería eso indigno de un monarca? Decora pues tu cámara nupcial y recibe a Cristo, tu rey, cuya presencia regocijara y transportará a toda tu familia.
Oh palabra tan asombrosa y tan admirable, el Rey cuyo sol y la luna admiran su esplendor, cuyo cielo y tierra reverencian su majestad, de quien la sabiduría ilumina las regiones de los espíritus celestiales, y cuya misericordia sacia la asamblea de todos los bienaventurados, ese Rey mismo te pide tu hospitalidad, él desea y codicia tu morada más que su palacio celestial pues su delicia es habitar con los hijos de los hombres.
sábado, 18 de noviembre de 2017
lunes, 6 de noviembre de 2017
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "El pan de las Nupcias"
TIEMPO ORDINARIO
MARTES DE LA SEMANA XXXI
07 de Noviembre
De la vida de perfección. Capítulo VIII, §2-4
Si tenéis algunas virtudes, fuentes de buenas obras, o más bien porque sois ricos en virtudes, perseverad en su práctica, progresad siempre, y, por medio de ellas, llevad el combate de Cristo hasta la muerte, afín de que al último día, al término de vuestra vida, recibáis por salario y recompensa de vuestro trabajo la corona de gloria y de honor. Es por eso que Jesucristo, vuestro único amor, os dice en el Apocalipsis: «Manteneos fieles hasta la muerte y os daré la corona de la vida» (Ap.2:10) Esta corona no es otra cosa que la recompensa de la vida eterna, cuya posesión debe encender el deseo todos los cristianos. Levántate pues, amiga de Dios, esposa de Jesucristo, paloma del Rey eterno, ven a las nupcias del Hijo de Dios, pues toda la corte celestial te espera, «todo está preparado» (Mt 22:4;Lc 14:17).
Un siervo bello y noble está listo para servirte, un plato precioso y delicioso ha sido preparado para restaurarte; una sociedad dulce y muy amable está lista para compartir tu felicidad. Levántate pues y apresúrate.
Corre a sus nupcias, pues un siervo de una gran belleza está listo para servirte. Ese siervo, es la asamblea de los ángeles, ¿qué digo? ¡Es el mismo Hijo del Dios eterno! ¿Acaso no se da él mismo como tal en el Santo Evangelio? « En verdad, os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa e irá sirviéndolos uno tras otro» (Lc 12:37). ¡Ohǃ la gloria de los pobres y de los excluidos será grande cuando serán servidos por el Hijo de Dios, por el soberano Rey, y por todo el ejercito del Reino Celestial.
Un alimento precioso y delicioso esta también preparado para alimentarte. El Hijo de Dios, él mismo, preparara la mesa con sus propias manos pues lo afirma en el Evangelio: «yo os dispongo el Reino, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino» (Lc 22:29-30a).
El pan de las Nupcias
Si tenéis algunas virtudes, fuentes de buenas obras, o más bien porque sois ricos en virtudes, perseverad en su práctica, progresad siempre, y, por medio de ellas, llevad el combate de Cristo hasta la muerte, afín de que al último día, al término de vuestra vida, recibáis por salario y recompensa de vuestro trabajo la corona de gloria y de honor. Es por eso que Jesucristo, vuestro único amor, os dice en el Apocalipsis: «Manteneos fieles hasta la muerte y os daré la corona de la vida» (Ap.2:10) Esta corona no es otra cosa que la recompensa de la vida eterna, cuya posesión debe encender el deseo todos los cristianos. Levántate pues, amiga de Dios, esposa de Jesucristo, paloma del Rey eterno, ven a las nupcias del Hijo de Dios, pues toda la corte celestial te espera, «todo está preparado» (Mt 22:4;Lc 14:17).
Un siervo bello y noble está listo para servirte, un plato precioso y delicioso ha sido preparado para restaurarte; una sociedad dulce y muy amable está lista para compartir tu felicidad. Levántate pues y apresúrate.
Corre a sus nupcias, pues un siervo de una gran belleza está listo para servirte. Ese siervo, es la asamblea de los ángeles, ¿qué digo? ¡Es el mismo Hijo del Dios eterno! ¿Acaso no se da él mismo como tal en el Santo Evangelio? « En verdad, os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa e irá sirviéndolos uno tras otro» (Lc 12:37). ¡Ohǃ la gloria de los pobres y de los excluidos será grande cuando serán servidos por el Hijo de Dios, por el soberano Rey, y por todo el ejercito del Reino Celestial.
Un alimento precioso y delicioso esta también preparado para alimentarte. El Hijo de Dios, él mismo, preparara la mesa con sus propias manos pues lo afirma en el Evangelio: «yo os dispongo el Reino, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino» (Lc 22:29-30a).
¡Ohǃ ¡que suave y delicioso es ese alimento que Dios en su bondad ha preparado para el pobre! ¡Ohǃ ¡que feliz es aquel que come en el Cielo ese pan preparado en el seno de la Virgen por el fuego del Espíritu Santo! «El que coma este pan vivirá para siempre» (Jn 6:58b). El Rey celestial alimenta y restaura a sus elegidos con ese pan, con ese alimento, como lo dice el Libro de la Sabiduría: « A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles» (Sab 16:20).
Fuente: ©Evangelizo.org
Fuente: ©Evangelizo.org
sábado, 4 de noviembre de 2017
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