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lunes, 11 de marzo de 2019

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - Mt 6, 7-15: La verdadera oración. El Padre Nuestro

TIEMPO DE CUARESMA

MARTES DE LA SEMANA I
Propio del Tiempo. Salterio I

12 de marzo



  San Agustín
  De sermone Domini, 2, 3-11


  Así como es propio de los hipócritas manifestarse para que los vean en la oración, cuyo fin no es otro que agradar a los hombres, así también los gentiles (esto es, los paganos) creen que cuando hablan mucho podrán ser oídos. Y por esto añade: “Y cuando oréis no habléis mucho”.

  Y en verdad toda conversación larga proviene de los gentiles, que cuidan más bien de ejercitar la lengua que de cambiar de vida cambiando de modo de pensar, y esta clase de preocupación intentan llevarla hasta a la oración.

  Si es verdad que la multitud de palabras no tiene otro motivo que la ignorancia de aquel a quien se habla, ¿qué necesidad hay de esto con relación al que conoce todas las cosas? Por lo que añade: “Sabe vuestro Padre lo que habéis menester, antes que lo pidáis”.

  Y en verdad que no debemos hacer nada con las palabras en presencia de Dios para alcanzar lo que nos proponemos, sino con las cosas que hacemos con buen fin, recta intención, puro amor y sencillo afecto.

  Pero debe muchas veces buscarse si es más conveniente orar con las acciones o con las palabras. Es así que la oración siempre es necesaria, aun cuando Dios ya conoce lo que necesitamos, porque el mismo fin de la oración tranquiliza y purifica nuestra alma, nos hace más capaces de recibir los divinos beneficios que muchas veces se nos conceden de una manera espiritual. No nos oye el Señor por las muchas oraciones, aun cuando siempre está preparado a dispensarnos sus luces, pero nosotros no siempre estamos preparados para recibirlas, cuando nos inclinamos a otras cosas. En la oración se verifica la conversión del alma hacia Dios y la purificación del ojo interior. Puesto que se excluyen de él las cosas temporales que se deseaban, a fin de que la fuerza de un corazón puro pueda soportar una luz pura y permanecer en ella con el mismo gozo que se disfruta en la eterna vida.



martes, 26 de febrero de 2019

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - Mc 9, 38-40: ¿Con Jesús o contra Él?

TIEMPO ORDINARIO
MIÉRCOLES DE LA SEMANA VII
De la Feria. Salterio III

27 de febrero


   San Agustín, de consensu Evangelistarum, 4, 5-6

  38-40. Es de observar que estas palabras no están en contradicción con la sentencia del Señor: “El que no está conmigo está contra mí” (Lc 11,23), porque hay quien encuentra diferencia entre las primeras, dirigidas a sus discípulos: quien no es contrario vuestro de vuestro partido es, y las últimas que se refieren a El mismo: el que no está conmigo está contra mí; como si fuera posible que no estuviera con El, estando unido a sus discípulos como a sus propios miembros. De otra suerte ¿cómo podía haber verdad en estas palabras: “El que os acoge, a mí me acoge?” (Mt 10,40). Por otra parte, ¿puede no ser contra El el que fuera contra sus discípulos, habiendo dicho: “El que os desprecia me desprecia”? (Lc 10,15).
Así que la verdadera significación de esto es que tanto no está el hombre con El cuanto está contra El y viceversa. Así por ejemplo, el hombre que hacía milagros en nombre de Cristo y no era de la compañía de los discípulos, estaba con ellos y no contra ellos en tanto que hacía los milagros, y no estaba con ellos y sí en su contra cuando no se unía a ellos. Pero como le prohibieron que hiciera aquello por lo cual estaba con ellos, les dijo el Señor: “No hay para qué prohibírselo”. Lo que debieron prohibirle fue lo que no era de su compañía, porque así le hubieran exhortado a la unidad de la Iglesia, y no aquélla en que estaba con ellos, a saber, la honra que daba a su Señor y maestro expulsando a los demonios. Así es como obra la Iglesia católica, no reprobando en los herejes lo que tienen de común con ella, sino lo que de ella les separa, o bien alguna doctrina que sea contraria a la paz y a la verdad, en lo cual están contra nosotros.

   Manifiesta así que aquél de quien había tratado San Juan, no se había separado de la compañía de los discípulos como para reprobarle como a los herejes, sino como suelen separarse los que no atreviéndose a recibir los sacramentos de Cristo, se muestran benévolos con los cristianos sin otro objeto que el de honrar su nombre. De estos tales dice que no perderán su recompensa, no porque deban considerarse a salvo y seguros con esta benevolencia que tienen para con los cristianos -no estando aún lavados con el bautismo de Cristo ni incorporados a su unidad- sino para que se guíen por la misericordia de Dios a fin de que lleguen a ella, y salgan así seguros de este mundo.


jueves, 24 de enero de 2019

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio"

TIEMPO ORDINARIO
VIERNES DE LA SEMANA II
25 de Enero

     Agustín de Hipona - Sobre la primera carta de san Juan
     Tratado 4, 2-3: SC 75, 220-224


«Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio» 

    Creemos en Jesús, a quien no hemos visto. Lo anunciaron quienes lo vieron, quienes lo palparon, quienes escucharon las palabras de su boca. Y para convencer de esto al género humano, fueron enviados por él, no osaron ir por propia iniciativa. Y ¿adónde fueron enviados? Lo habéis oído al escuchar el evangelio: Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. Luego a todo el mundo fueron enviados los discípulos, confirmando la Palabra con signos y prodigios para ser creídos, pues predicaban lo que, habían visto.

    Y nosotros creemos en quien no hemos visto y cuyo retorno esperamos. Todos cuantos lo esperan con fe, se alegrarán de su venida; los que no tienen fe, se sonrojarán cuando viniere lo que ahora no ven. Mantengámonos, pues, fieles a sus palabras, para no quedar confundidos cuando viniere. El mismo dice en el evangelio a los que habían creído en él: Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos. Y saliendo al paso de una posible pregunta: ¿Cuál será la recompensa?, añade: Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

viernes, 11 de enero de 2019

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Humildad de Juan"

TIEMPO DE NAVIDAD
SÁBADO DE LA SEMANA II
12 de Enero

     San Agustín Obispo de Hipona

Humildad de Juan

    Surgió, pues, de los discípulos de Juan una cuestión con los judíos acerca de la purificación. Bautizaba Juan, bautizaba Cristo. Los discípulos de Juan se inquietaron. Se acudía a Cristo, se venía a Juan. De hecho, quienes venían a Juan, los enviaba a Jesús a ser bautizados; no eran enviados a Juan quienes eran bautizados por Jesús. Se turbaron los discípulos de Juan y comenzaron a tratar con los judíos una cuestión, como suele suceder. Has de entender que los judíos habían dicho que Cristo es mayor y que se debía acudir a su bautismo. Aquéllos, por no entender, defendían el bautismo de Juan. Se vino a Juan mismo para que resolviera la cuestión. Entienda Vuestra Caridad. También aquí se reconoce la utilidad de la humildad y se hace ver si, mientras los hombres erraban en esa cuestión, Juan quiso gloriarse ante sí. En efecto, quizá dijo: «Decís la verdad, con razón disputáis; mi bautismo es mejor. Para que sepáis que mi bautismo es ciertamente mejor, yo he bautizado a Cristo mismo». Bautizado Cristo, Juan podía decir esto. Si quisiera engrandecerse, ¡cuánto tenía de qué engrandecerse!

    Pero sabía mejor ante quién abajarse. Confesando, quiso ceder ante ese de quien sabía que él le antecedía por nacimiento. Entendía que su salvación está en Cristo. Ya había dicho antes: Todos nosotros hemos recibido de su plenitud . Y esto es confesar que es Dios, pues ¿cómo todos los hombres reciben de su plenitud si él no es Dios? Ciertamente, si él es hombre sin ser Dios, de la plenitud de Dios recibe también él y así no es Dios. Si, en cambio, todos los hombres reciben de su plenitud, él es la fuente, ellos los que beben. Quienes beben de la fuente, pueden tanto tener sed cuanto beber; la fuente nunca tiene sed, la fuente no se necesita a sí misma. Los hombres necesitan la fuente. Secas las entrañas, secas las fauces, corren a la fuente a reponerse. La fuente fluye para reponer; así el Señor Jesús.

viernes, 16 de noviembre de 2018

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra?"

TIEMPO ORDINARIO
SÁBADO DE LA SEMANA XXXII
17 de Noviembre

San Agustín (354-430), obispo y doctor de la Iglesia, Sermón 115, 1; PL 38, 655

«Cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra?»

    ¿Hay un medio más eficaz para animarnos a la oración que la parábola del juez injusto que nos ha contado el Señor? Evidentemente que el juez injusto no temía al Señor ni respetaba a los hombres. No experimentaba ninguna compasión por la viuda que recurrió a él y, sin embargo, vencido por el hastío, acabó escuchándola. Si él escuchó a esta mujer que le importunaba con sus ruegos, ¿cómo no vamos a ser escuchados nosotros por Aquel que nos invita a presentarle nuestras súplicas? Es por esto que el Señor nos ha propuesto esta comparación sacada de dos contrarios para hacernos comprender que «es necesario orar sin desanimarse». Después añade: «Pero cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra?»

    Si desaparece la fe, se extingue la oración. En efecto ¿quién podría orar para pedir lo que no cree? Mirad lo que dice el apóstol Pablo para exhortar a la oración: «Todos los que invocarán el nombre del Señor serán salvados». Después para hacernos ver que la fe es la fuente de la oración y que el riachuelo no puede correr si la fuente esta seca, añade: «¿Cómo van a invocar al Señor si no creen en él?» (Rm 10,13-14).

    Creamos, pues, para poder orar y oremos para que la fe, que es el principio de la oración, no nos falte. La fe difunde la oración, y la oración, al difundirse obtiene, a su vez, la firmeza de la fe.

jueves, 25 de octubre de 2018

REFLEXIÓN - EN TODO LUGAR SE OFRECERÁ INCIENSO A MI NOMBRE Y UNA OBLACIÓN PURA

TIEMPO ORDINARIO
VIERNES DE LA SEMANA XXIX
De la Feria. Salterio I
26 de Octubre

      De los Libros de san Agustín, obispo, Sobre la ciudad de Dios
      (Libro 10, 6: CCL 47, 278-279)

EN TODO LUGAR SE OFRECERÁ INCIENSO A MI NOMBRE 
Y UNA OBLACIÓN PURA

    Verdadero sacrificio es toda obra que se hace con el fin de unirnos a Dios en santa sociedad, es decir, toda obra relacionada con aquel supremo bien, mediante el cual llegamos a la verdadera felicidad. Por ello, incluso la misma misericordia que nos mueve a socorrer al hermano, si no se hace por Dios, no puede llamarse sacrificio. Porque, aun siendo el hombre quien hace o quien ofrece el sacrificio, éste, sin embargo, es una acción divina, como nos lo indica la misma palabra con la cual llamaban los antiguos latinos a esta acción. Por ello, puede afirmarse que incluso el hombre es verdadero sacrificio cuando está consagrado a Dios por el bautismo y está dedicado al Señor, ya que entonces muere al mundo y vive para Dios. Esto, en efecto, forma parte de aquella misericordia que cada cual debe tener para consigo mismo, según está escrito: Ten compasión de tu alma agradando a Dios.

    Si, pues, las obras de misericordia para con nosotros mismos o para con el prójimo, cuando están referidas a Dios, son verdadero sacrificio, y, por otra parte, sólo son obras de misericordia aquellas que se hacen con el fin de librarnos de nuestra miseria y hacernos felices (cosa que no se obtiene sino por medio de aquel bien, del cual se ha dicho: Para mí lo bueno es estar junto a Dios), resulta claro que toda la ciudad redimida, es decir, la congregación o asamblea de los santos, debe ser ofrecida a Dios como un sacrificio universal por mediación de aquel gran sacerdote que se entregó a sí mismo por nosotros, tomando la condición de esclavo, para que nosotros llegáramos a ser cuerpo de tan sublime cabeza. Ofreció esta forma de esclavo y bajo ella se entregó a sí mismo, porque sólo según ella pudo ser mediador, sacerdote y sacrificio.

    Por esto nos exhorta el Apóstol a que ofrezcamos nuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable, y a que no nos conformemos con este siglo, sino que nos reformemos en la novedad de nuestro espíritu. Y para probar cuál es la voluntad de Dios y cuál el bien y el beneplácito y la perfección, ya que todo este sacrificio somos nosotros, dice: Por la gracia que Dios me ha dado, os pido a todos y a cada uno: No tengáis de vosotros mismos un concepto superior a lo que es justo. Abrigad sentimientos de justa moderación, cada uno en la medida de la fe que Dios le ha dado. A la manera que en un solo cuerpo tenemos muchos miembros y todos los miembros desempeñan distinta función, lo mismo nosotros: siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo, e individualmente somos miembros unos de otros y tenemos carismas diferentes, según la gracia que Dios nos ha dado.

    Éste es el sacrificio de los cristianos: la reunión de muchos, que formamos un solo cuerpo en Cristo. Este misterio es celebrado también por la Iglesia en el sacramento del altar, del todo familiar a los fieles, donde se demuestra que la Iglesia, en la misma oblación que hace, se ofrece a sí misma.

jueves, 18 de octubre de 2018

REFLEXIÓN - EL ESPÍRITU INTERCEDE POR NOSOTROS

TIEMPO ORDINARIO
VIERNES DE LA SEMANA XXVIII
De la Feria. Salterio IV
19 de Octubre

      De la carta de san Agustín, obispo, a Proba
      (Carta 130, 14, 27--15, 28: CSEL 44, 71-73)

EL ESPÍRITU INTERCEDE POR NOSOTROS

    Quien pide al Señor aquella sola cosa que hemos mencionado, es decir, la vida dichosa de la gloria, y esa sola cosa busca, éste pide con seguridad y pide con certeza, y no puede temer que algo le sea obstáculo para conseguir lo que pide, pues pide aquello sin lo cual de nada le aprovecharía cualquiera otra cosa que hubiera pedido, orando como conviene. Esta es la única vida verdadera, la única vida feliz: contemplar eternamente la belleza del Señor, en la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo y del espíritu. En razón de esta sola cosa, nos son necesarias todas las demás cosas; en razón de ella, pedimos oportunamente las demás cosas. Quien posea esta vida poseerá todo lo que desee y allí nada podrá desear que no sea conveniente.


    Allí está la fuente de la vida, cuya sed debemos avivar en la oración mientras vivimos aún de esperanza. Pues ahora vivimos sin ver lo que esperamos, seguros a la sombra de las alas de aquel ante cuya presencia están todas nuestras ansias; pero tenemos la certeza de nutrirnos un día de lo sabroso de su casa y de beber del torrente de sus delicias, porque en él está la fuente viva y su luz nos hará ver la luz; aquel día en el cual todos nuestros deseos quedarán saciados con sus bienes y ya nada tendremos que pedir gimiendo, pues todo lo poseeremos gozando.

    Pero como esta única cosa que pedimos consiste en aquella paz que sobrepasa toda inteligencia, incluso cuando en la oración pedimos esta paz hemos de decir que no sabemos pedir lo que nos conviene. Porque no podemos imaginar cómo sea esta paz en sí misma y, por tanto, no sabemos pedir lo que nos conviene. Cuando se nos presenta al pensamiento alguna imagen de ella, la rechazamos, la reprobamos, reconocemos que está lejos de la realidad, aunque continuamos ignorando lo que buscamos.

    Pero hay en nosotros, para decirlo de algún modo, una docta ignorancia; docta, sin duda, por el Espíritu de Dios, que viene en ayuda de nuestra debilidad. En efecto, dice el Apóstol: Si esperamos lo que no vemos, lo aguardamos con anhelo y constancia. Y añade a continuación: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y aquel que escudriña los corazones sabe cómo son los deseos del Espíritu, es decir, que su intercesión en favor de los fieles es según el querer de Dios.

    No hemos de entender estas palabras como si dijeran que el Espíritu de Dios, que en la Trinidad divina es Dios inmutable y un solo Dios con el Padre y el Hijo, orase a Dios como alguien distinto de Dios, intercediendo por los santos; si el texto dice que el Espíritu intercede en favor de los fieles es para significar que incita a los fieles a interceder, del mismo modo que también se dice: Os tienta el Señor vuestro Dios para ver si lo amáis, es decir, para que vosotros conozcáis si lo amáis. El Espíritu, pues, incita a los fieles a que intercedan con gemidos inefables, inspirándoles el deseo de aquella realidad tan sublime que aún no conocemos, pero que esperamos ya con paciencia. Pero ¿cómo se puede hablar cuando se desea lo que ignoramos? Ciertamente que si lo ignoráramos del todo no lo desearíamos; pero, por otro lado, si ya lo viéramos no lo desearíamos ni lo pediríamos con gemidos inefables.


lunes, 15 de octubre de 2018

REFLEXIÓN - SOBRE LA ORACIÓN DOMINICAL

TIEMPO ORDINARIO
MARTES DE LA SEMANA XXVIII
De la Feria. Salterio IV
16 de Octubre

      De la carta de san Agustín, obispo, a Proba
     (Carta 130, 11, 21-12, 22: CSEL 44, 63-64)


SOBRE LA ORACIÓN DOMINICAL

    A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir; pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que necesitamos o para forzarlo a concedérnoslo.

    Por tanto, al decir santificado sea tu nombre nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamente, redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios.

    Y cuando añadimos venga tu reino, lo que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no.

    Cuando decimos: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia, para que así cumplamos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo.

    Cuando decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día, con el hoy queremos significar el tiempo presente, para el cual, al pedir el alimento principal, pedimos ya lo suficiente, pues con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos, incluso el sacramento de los fieles, el cual nos es necesario en esta vida temporal, aunque no sea para alimentarla, sino para conseguir la vida eterna.

    Cuando decimos: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden nos obligamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos.

    Cuando decimos: No nos dejes caer en tentación nos exhortamos a pedir la ayuda de Dios, no sea que, privados de ella, nos sobrevenga la tentación y consintamos ante la seducción o cedamos ante la aflicción.

    Cuando decimos: Y líbranos del mal recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será posible que nos sobrevenga mal alguno. Y estas últimas palabras de la oración dominical abarcan tanto, que el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración. Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades.

    Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual.

sábado, 13 de octubre de 2018

REFLEXIÓN - QUE NUESTRO DESEO DE LA VIDA ETERNA SE EJERCITE EN LA ORACIÓN

TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO DE LA SEMANA XXVIII
De la Feria. Salterio IV
14 de Octubre

      De la carta de san Agustín, obispo, a Proba
      (Carta 130, 8, 15. 17-9, 18: CSEL 44, 56-57. 59-60)

QUE NUESTRO DESEO DE LA VIDA ETERNA 
SE EJERCITE EN LA ORACIÓN

    ¿Por qué en la oración nos preocupamos de tantas cosas y nos preguntamos cómo hemos de orar, temiendo que nuestras plegarias no procedan con rectitud, en lugar de limitarnos a decir con el salmo: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo? En aquella morada, los días no consisten en el empezar y en el pasar uno después de otro ni el comienzo de un día significa el fin del anterior; todos los días se dan simultáneamente y ninguno se termina allí donde ni la vida ni sus días tienen fin.


    Para que lográramos esta vida dichosa, la misma Vida verdadera y dichosa nos enseñó a orar; pero no quiso que lo hiciéramos con muchas palabras, como si nos escuchara mejor cuanto más locuaces nos mostráramos, pues, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos.

    Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón.

    Cuanto más fielmente creemos, más firmemente esperamos y más ardientemente deseamos este don, más capaces somos de recibirlo; se trata de un don realmente inmenso, tanto, que ni el ojo vio, pues no se trata de un color; ni el oído oyó, pues no es ningún sonido; ni vino a la mente del hombre, ya que es la mente del hombre la que debe ir a aquel don para alcanzarlo.

    Así pues, constantemente oramos por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad, con un deseo ininterrumpido. Pero, además, en determinados días y horas, oramos a Dios también con palabras, para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de estos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y, de este modo, nos animemos a proseguir en él. Porque, sin duda alguna, el efecto será tanto mayor, cuanto más intenso haya sido el afecto que lo hubiera precedido. Por tanto, aquello que nos dice el Apóstol: Orad sin cesar, ¿qué otra cosa puede significar sino que debemos desear incesantemente la vida dichosa, que es la vida eterna, la cual nos ha de venir del único que la puede dar?

martes, 9 de octubre de 2018

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Enséñanos a orar"

TIEMPO ORDINARIO
MIÉRCOLES DE LA SEMANA XXVII
10 de Octubre

San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia Sermón: Si Dios lo sabe todo, ¿por qué es necesario orar?. Sermón 80.

«Enséñanos a orar» (Lc 11,1).

    ¿Creéis, hermanos, que Dios no sabe lo que os es necesario? El que conoce nuestro desamparo, conoce anticipadamente nuestros deseos. Por eso, cuando el Señor enseñó el Padrenuestro, recomendó a sus discípulos a ser sobrios en palabras: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras como los paganos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes que se lo pidáis» (Mt 6,7-8). Si nuestro Padre sabe lo que nos hace falta ¿por qué decírselo, aunque sea en pocas palabras?… Señor, si tu lo sabes, ¿es necesario orar?

    Ahora bien, el que aquí nos dice: «No uséis muchas palabras en vuestras oraciones» nos dice en otra parte: «Pedid y recibiréis», y para que nadie crea que lo dice como de paso, en otra parte añade: «Buscad y hallaréis», y para que nadie piense que es una simple manera de hablar, mirad cómo termina: «Llamad y se os abrirá» (Mt 7,7). Quiere, pues, el Señor que, para recibir, primero pidas, que para hallar primero te pongas a buscar, y en fin, para entrar no dejes de llamar… ¿Para qué pedir? ¿Para qué buscar? ¿Para qué llamar? ¿Para qué cansarnos orando, buscando, llamando como para hacer saber al que ya lo sabe todo? E incluso leemos en otra parte: «Es preciso orar sin parar, sin cansarse» (Lc 18,1)… Pues bien, para aclarar este misterio ¡pide, busca, llama! Si el Señor cubre de velos este misterio, es que quiere que te ejercites en buscar y encontrar tú mismo la explicación. Todos nosotros debemos alentarnos mutuamente a orar.


sábado, 29 de septiembre de 2018

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "¿Con Jesús o contra Él?" (Mc 9, 38-40)

TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO DE LA SEMANA XXVI
30 de Septiembre

      San Agustín, de consensu Evangelistarum, 4, 5-6

¿Con Jesús o contra Él? (Mc 9, 38-40)

    Es de observar que estas palabras no están en contradicción con la sentencia del Señor: “El que no está conmigo está contra mí” (Lc 11,23), porque hay quien encuentra diferencia entre las primeras, dirigidas a sus discípulos: quien no es contrario vuestro de vuestro partido es, y las últimas que se refieren a El mismo: el que no está conmigo está contra mí; como si fuera posible que no estuviera con El, estando unido a sus discípulos como a sus propios miembros. De otra suerte ¿cómo podía haber verdad en estas palabras: “El que os acoge, a mí me acoge?” (Mt 10,40). Por otra parte, ¿puede no ser contra El el que fuera contra sus discípulos, habiendo dicho: “El que os desprecia me desprecia”? (Lc 10,15).

    Así que la verdadera significación de esto es que tanto no está el hombre con El cuanto está contra El y viceversa. Así por ejemplo, el hombre que hacía milagros en nombre de Cristo y no era de la compañía de los discípulos, estaba con ellos y no contra ellos en tanto que hacía los milagros, y no estaba con ellos y sí en su contra cuando no se unía a ellos. Pero como le prohibieron que hiciera aquello por lo cual estaba con ellos, les dijo el Señor: “No hay para qué prohibírselo”. Lo que debieron prohibirle fue lo que no era de su compañía, porque así le hubieran exhortado a la unidad de la Iglesia, y no aquélla en que estaba con ellos, a saber, la honra que daba a su Señor y maestro expulsando a los demonios. Así es como obra la Iglesia católica, no reprobando en los herejes lo que tienen de común con ella, sino lo que de ella les separa, o bien alguna doctrina que sea contraria a la paz y a la verdad, en lo cual están contra nosotros.

    Manifiesta así que aquél de quien había tratado San Juan, no se había separado de la compañía de los discípulos como para reprobarle como a los herejes, sino como suelen separarse los que no atreviéndose a recibir los sacramentos de Cristo, se muestran benévolos con los cristianos sin otro objeto que el de honrar su nombre. De estos tales dice que no perderán su recompensa, no porque deban considerarse a salvo y seguros con esta benevolencia que tienen para con los cristianos -no estando aún lavados con el bautismo de Cristo ni incorporados a su unidad- sino para que se guíen por la misericordia de Dios a fin de que lleguen a ella, y salgan así seguros de este mundo.

jueves, 27 de septiembre de 2018

REFLEXIÓN - TODOS LOS BUENOS PASTORES SON COMO LOS MIEMBROS DEL ÚNICO PASTOR

TIEMPO ORDINARIO
VIERNES DE LA SEMANA XXV
De la Feria. Salterio I
28 de Septiembre

      Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
      (Sermón 46, 29-30: CCL 41, 555-557)

TODOS LOS BUENOS PASTORES 
SON COMO LOS MIEMBROS DEL ÚNICO PASTOR

    Cristo, pues, te apacienta con justicia, distinguiendo entre quienes son ovejas suyas y quienes no lo son. Mis ovejas -dice- me siguen, porque conocen mi voz.

    Aquí, en estas palabras, me parece descubrir que todos los buenos pastores son como los miembros del único pastor. No es que falten buenos pastores, pero todos son como los miembros del único pastor. Si hubiera muchos pastores habría división, y, porque aquí se recomienda la unidad, se habla de un único pastor. Si se silencian los diversos pastores y se habla de un único pastor, no es porque el Señor no encontrara a quien encomendar el cuidado de sus ovejas, pues cuando encontró a Pedro las puso bajo su cuidado. Pero incluso en el mismo Pedro el Señor recomendó la unidad. Eran muchos los apóstoles, pero sólo a Pedro se le dice: Apacienta mis ovejas. Dios no quiera que falten nunca buenos pastores, Dios no quiera que lleguemos a vernos faltos de ellos; ojalá no deje el Señor de suscitarlos y consagrarlos.

    Ciertamente que si existen buenas ovejas habrá también buenos pastores, pues de entre las buenas ovejas salen los buenos pastores. Pero hay que decir que todos los buenos pastores son, en realidad, como miembros del único pastor y forman una sola cosa con él. Cuando ellos apacientan es Cristo quien apacienta. Los amigos del esposo no pretenden hacer oír su propia voz, sino que se complacen en que se oiga la voz del esposo. Por esto, cuando ellos apacientan es el Señor quien apacienta; aquel Señor que puede decir por esta razón: «Yo mismo apaciento», porque la voz y la caridad de los pastores son la voz y la caridad del mismo Señor. Ésta es la razón por la que quiso que también Pedro, a quien encomendó sus propias ovejas como a un semejante, fuera una sola cosa con él: así pudo entregarle el cuidado de su propio rebaño, siendo Cristo la cabeza y Pedro como el símbolo de la Iglesia que es su cuerpo; de esta manera fueron dos en una sola carne, a semejanza de lo que son el esposo y la esposa.

    Así pues, para poder encomendar a Pedro sus ovejas, sin que con ello pareciera que las ovejas quedaban encomendadas a otro pastor distinto de sí mismo, el Señor le pregunta: «Pedro, ¿me amas?» Él respondió: «Te amo.» Y le dice por segunda vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo.» Y le pregunta aun por tercera vez: «¿Me amas?» Y respondió: «Te amo.» Quería fortalecer el amor para forzar así la unidad. De este modo el que es único apacienta a través de muchos, y los que son muchos apacientan formando parte del que es único.

    Por tanto, en realidad, puede decirse que al mismo tiempo se habla de muchos pastores y se afirma que hay un solo pastor. Que se gloríen, pues, los pastores de ser pastores, pero el que se gloría, que se gloríe en el Señor. Apacentar a Cristo, apacentar para Cristo, apacentar en Cristo significa, pues, no querer apacentarse a sí mismo, sino a Cristo solamente. No fue por falta de pastores -como anunció el profeta que ocurriría en futuros tiempos de desgracia- que el Señor dijo: Yo mismo apacentaré a mis ovejas, como si dijera: «No tengo a quien encomendarlas.» Porque, cuando todavía Pedro y los demás apóstoles vivían en este mundo, aquel que era el único pastor, en el que todos los otros pastores eran uno, dijo: Tengo otras ovejas que no son de este redil; es necesario que las recoja, para que se forme un solo rebaño y un solo pastor.

    Que todos los pastores, pues, formen parte del único pastor y que a través de todos ellos resuene solamente la voz del único pastor; al oír esta voz las ovejas seguirán no a éste o aquél, sino a su único pastor. Que todos los pastores hagan, pues, resonar en él una única voz, que no dejen oír voces diversas. Os exhorto, hermanos, a que tengáis todos unión y concordia; no haya disensiones entre vosotros. Que las ovejas oigan siempre esta voz, limpia de toda disensión, purificada de toda herejía, y puedan, así, seguir a su propio pastor que les dice: Mis ovejas me siguen, porque conocen mi voz.

martes, 25 de septiembre de 2018

REFLEXIÓN - CUMPLID Y GUARDAD LO QUE OS DIGAN, PERO NO LOS IMITÉIS EN SUS OBRAS

TIEMPO ORDINARIO
MIÉRCOLES DE LA SEMANA XXV
De la Feria. Salterio I
26 de Septiembre

      Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
     (Sermón 46, 20-21: CCL 41, 546-548)

CUMPLID Y GUARDAD LO QUE OS DIGAN, 
PERO NO LOS IMITÉIS EN SUS OBRAS

    Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. Y ¿qué es lo que escucháis, pastores? Esto dice el Señor: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mis ovejas.

    Escuchad y atended, ovejas de Dios: El Señor reclama sus ovejas a los malos pastores y les pide cuenta de haberlas llevado a la muerte. Dice, en efecto, en otro lugar, por medio del mismo profeta: Hijo de hombre, te he puesto como atalaya en la casa de Israel: Cuando escuches una palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte. Si yo digo al malvado que es reo de muerte, y tú no le das la alarma -es decir, no hablas poniendo en guardia al malvado, para que cambie su mala conducta, y conserve la vida-, entonces el malvado morirá por su culpa, y a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero si tú pones en guardia al malvado, y no se convierte de su maldad y de su mala conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida.

    ¿Qué significa esto, hermanos? ¿Habéis visto cuán peligroso sea callar? El malvado muere, y muere justamente; muere por su culpa y por su mala conducta; pero la negligencia del mal pastor lo llevó a la muerte. El malvado hubiera podido encontrar en su pastor al pastor de vida que dice: ¡Lo juro por mi vida! -Oráculo del Señor-; pero, como su pastor era negligente, el malvado no pudo oír la voz de aquel que precisamente fue constituido prelado y vigilante para amonestar al pueblo; así el malvado murió con toda justicia, pero el prelado también recibirá el castigo merecido. En cambio, si éste hubiera dicho al malvado: «Eres reo de muerte, pues te amenaza la espada del Señor», y él hubiera hecho caso omiso de esta espada inminente, y la espada hubiera caído sobre él, el malvado habría muerto ciertamente por su culpa, pero el prelado habría salvado su vida. Por eso es obligación nuestra amonestar, y es deber vuestro escuchar la voz del verdadero Pastor en las santas Escrituras, aun en el caso de que nosotros guardáramos silencio.

    Veamos, pues, ya que así me lo había propuesto, si el Señor reclama las ovejas a los malos pastores para entregarlas a otros pastores que sean buenos. Contemplo al Señor cómo arrebata las ovejas de la mano de los malos pastores. Es esto lo que dice el texto: Me voy a enfrentar con los pastores: les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas para que dejen de apacentarse a sí mismos los pastores. «Cuando digo: los quitaré de pastores de mis ovejas, ya se entiende que es porque se apacientan a sí mismos, no a mi rebaño.»

    ¿De qué modo los quita de pastores para que dejen de apacentar a sus ovejas? Los quita de pastores cuando afirma: Cumplid y guardad lo que os digan, pero no los imitéis en sus obras, que es como si dijera: «Proclaman mis palabras, pero obran según sus deseos. Cuando vosotros no obráis según el ejemplo de los malos pastores, ellos ya no os apacientan; cuando, en cambio, realizáis lo que ellos os dicen, yo os apaciento.»

lunes, 24 de septiembre de 2018

REFLEXIÓN - LA IGLESIA CRECE COMO UNA VID Y SE EXTIENDE POR TODA LA TIERRA

TIEMPO ORDINARIO
MARTES DE LA SEMANA XXV
De la Feria. Salterio I
25 de Septiembre

     Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
    (Sermón 46, 18-19: CCL 41, 544-546)


LA IGLESIA CRECE COMO UNA VID
Y SE EXTIENDE POR TODA LA TIERRA

    Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por los montes y collados; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra. ¿Qué significa: Se dispersaron por toda la tierra? Quiere decir que, buscando los bienes del mundo, apetecen la gloria terrena; esto es lo que aman, esto lo que desean. No quieren morir para que su vida quede oculta en Cristo. Se dispersaron por toda la tierra, a causa del amor de los bienes del mundo y porque son, en verdad, ovejas desperdigadas y sin rumbo por toda la tierra. Viven en diversos lugares; una única madre, la soberbia, las engendró a todas, al igual que una sola madre, nuestra Iglesia católica, ha dado también a luz a todos los fieles cristianos esparcidos por todo el orbe.


    Nada tiene de extraño que la soberbia engendre divisiones y el amor unidad. Nuestra madre, la Iglesia católica, y el pastor que en ella mora van buscando por todas partes a las ovejas descarriadas y perdidas, fortalecen a las débiles, curan a las enfermas, vendan a las heridas por medio de diversos pastores, los cuales, aunque se desconozcan mutuamente, son de la Iglesia, pues ella con todos está identificada.

    De esta forma la Iglesia crece como una vid y se extiende por toda la tierra; los malos pastores, en cambio, son como sarmientos inútiles que, a causa de su esterilidad, han sido cortados por la podadera del agricultor, no para destruir la vid, sino para que ésta continúe existiendo. Aquellos sarmientos, pues, han quedado en el mismo lugar donde cayeron al ser cortados; la vid, en cambio, extendiéndose entre todos los pueblos, reconoce como propios los sarmientos que en ella permanecieron, y considera como cercanos a sí aquellos otros que le fueron cortados.

    La razón por la cual se preocupa de los sarmientos cortados, como si se tratara de algo que le debe pertenecer de nuevo, es aquello que afirma el Apóstol: Poderoso es Dios para injertarlos de nuevo. Llámense, pues, ovejas descarriadas del rebaño, llámense sarmientos cortados de la vid, Dios, el pastor supremo y verdadero agricultor, es poderoso tanto para hacer volver a la oveja al buen camino, como para injertar el sarmiento desgajado. Mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie las cuidase y saliese en su busca; ninguno, en efecto, de entre aquellos malos pastores fue tras ellas; ningún hombre salió en su busca.

    Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: ¡Lo juro por mi vida! -Oráculo del Señor-. Fíjate cómo empieza. Es como si se tratara de un juramento que hace el mismo Dios, poniendo a su propia vida como testigo: ¡Lo juro por mi vida! -Oráculo del Señor-. ¿Y quiénes son los pastores que han muerto? Aquellos que buscaban sus intereses personales, no los de Cristo Jesús. ¿Se encontrarán otros pastores que, sin buscar sus intereses personales, busquen los de Cristo Jesús? Los hay, sin duda, y los encontraremos, porque ni faltan ahora ni faltarán nunca.

sábado, 22 de septiembre de 2018

REFLEXIÓN - SOBRE LOS CRISTIANOS DÉBILES

TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO DE LA SEMANA XXV
De la Feria. Salterio I
23 de Septiembre

      Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
      (Sermón 46, 13: CCL 41, 539-540)

SOBRE LOS CRISTIANOS DÉBILES

    A los malos pastores, a los falsos pastores, a aquellos pastores que buscan sus intereses personales, no los de Cristo Jesús, les dice el Señor: No fortalecéis a las débiles. En efecto, estos pastores se aprovechan de la leche y de la lana de sus ovejas, pero descuidan, en cambio, el bien de su rebaño y no fortalecen a las ovejas débiles. Según creo, existe diferencia entre la oveja simplemente débil y la oveja propiamente enferma, aunque algunas veces a la débil se la llame también enferma.

    Me gustaría, hermanos, llegar a explicaros esta diferencia que media entre lo simplemente débil y lo propiamente enfermo; intentaré hacerlo en la medida en que soy capaz de comprenderlo; otros habrá, sin duda, que, o porque son más peritos en la Escritura o porque habrán alcanzado una luz más abundante, podrán hacerlo mejor; yo os diré simplemente lo que comprendo, a fin de que, ya desde ahora, no os veáis totalmente privados del conocimiento de la Escritura. Débil es aquel de quien se teme que pueda sucumbir cuando la tentación se presenta; enfermo, en cambio, es aquel que se halla ya dominado por alguna pasión, y se ve como impedido por alguna pasión para acercarse a Dios y aceptar el yugo de Cristo.

    Pensad en aquellos hombres que tienen ya deseos de vivir virtuosamente, que se esfuerzan por ir adquiriendo las diversas virtudes, y que, con todo, están menos dispuestos a sufrir lo que es malo que a realizar lo que es bueno. En realidad la fortaleza cristiana incluye no sólo obrar lo que es bueno, sino también resistir a lo que es malo. Quienes, por tanto, desean sinceramente practicar la justicia pero no quieren o no se ven aún con ánimos para tolerar los sufrimientos, estos tales son los débiles. En cambio, los que se entregan a la vida mundana y viven cautivos de alguna mala pasión, éstos están alejados incluso del bien obrar, no tienen fuerzas ni posibilidades de obrar el bien y por ello podemos llamarlos con toda propiedad enfermos.

    De esta forma tenía enferma el alma aquel paralítico cuyos portadores, al ser impedidos por la multitud de poder presentar ante el Señor al que llevaban en la camilla, abrieron un boquete en el techo de la casa para lograr su intento. Es como si tú intentaras hacer algo parecido con tu alma, abriendo un boquete en el techo para poner ante el Señor el alma paralítica con sus miembros totalmente inmóviles; quiero decir, el alma vacía de buenas obras, llena, en cambio, de pecados y enferma por sus muchas pasiones. Si, pues, ves que todos tus miembros están sin movimiento y que tu alma está como paralítica, pero deseas llegarte al médico y quieres mostrarle lo que está oculto (quizás este médico habita en tu interior, y tú, que desconoces el sentido oculto de la Escritura, no has advertido su presencia), abre un boquete en el techo y colócate, como aquel paralítico, ante Jesús.
Habéis escuchado ya lo que se dice a los que no actúan y descuidan su deber pastoral: No vendáis a las heridas, ni recogéis las descarriadas: os lo hemos ya recordado. La oveja estaba herida por el miedo de las tentaciones, y el pastor le hubiera podido dar un remedio para esta herida, es decir, hubiera podido recordarle aquellas palabras de consuelo: Fiel es Dios para no permitir que seáis tentados más allá de lo que podéis; por el contrario, él dispondrá con la misma tentación el buen resultado de poder resistirla.

viernes, 21 de septiembre de 2018

REFLEXIÓN - OFRECE EL VENDAJE DEL CONSUELO

TIEMPO ORDINARIO
SÁBADO DE LA SEMANA XXIV
De la Feria. Salterio IV
22 de Septiembre

      Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
      (Sermon 46, 11-12: CCL 41, 538-539)

OFRECE EL VENDAJE DEL CONSUELO

    El Señor azota, dice la Escritura, a todo el que por hijo acoge. ¿Y tú te atreves a decir: «Quizás a ti no te azotará»? Si a ti no te azota quedarás sin duda excluido del número de sus hijos. «¿Pero acaso -continuarás diciendo- azota absolutamente a todos sus hijos?» Sin duda alguna, azota a todos sus hijos, como azotó a su propio Unigénito. Su Unigénito, en efecto, aquel único Hijo engendrado de la misma sustancia que el Padre, igual al Padre por su condición divina, el Verbo, por quien fueron creadas todas las cosas, no tenía en sí mismo posibilidad de ser probado ni azotado. Pero para poder ser azotado se revistió de carne. Si, pues, Dios no perdonó ni a su propio Hijo que no había conocido el pecado, ¿piensas que va a dejar sin pruebas a los hijos adoptivos que conocieron el pecado? El Apóstol dice, en efecto, que hemos sido hechos hijos de adopción para ser coherederos del Hijo único, para ser la herencia de él, como se dice en el salmo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones. De ello nos da, pues, un ejemplo cuando nos hace participar en los sufrimientos de su Hijo.

    Pero, a fin de que el débil no desfallezca al oír hablar de las pruebas que se avecinan, el pastor no debe ni alentarlo con falsas esperanzas ni atemorizarlo con miedos indebidos. Debe decirle: Prepárate para las pruebas. Y, si al oír estas palabras la oveja empieza a desfallecer y a temer hasta tal punto que ya no se atreve a acercarse, el pastor debe recordarle aquello otro: Fiel es Dios para no permitir que seáis tentados más allá de lo que podéis. Anunciar y recordar las pruebas que se avecinan es como curar a las ovejas enfermas; hablar de la misericordia de Dios, que hace superar las pruebas, al que se asusta desmesuradamente es como vendar las heridas.

    Hay algunos, en efecto, que al oír hablar de pruebas futuras se preparan con mayor empeño y buscan con qué remediar su debilidad. Creen que no es suficiente la ayuda que pueden recibir de los fieles y se fortalecen recordando la gloria de los mártires. Pero hay, en cambio, otros que, al oír hablar de las pruebas futuras que necesariamente tiene que soportar el cristiano y de las que están exentos los que no lo son, se descorazonan y claudican.

    Ofrece, pues, el vendaje del consuelo y cura a la oveja herida. Dile: «No temas; no te abandonará en tus pruebas aquel en quien has puesto tu fe. Fiel es Dios para no permitir que seas tentado más allá de lo que puedes resistir.» No pienses que soy yo quien te dice esto, lo afirma aquel Apóstol que dice también: ¿Queréis tener pruebas de que Cristo habla por mí? Por tanto, cuando oyes las palabras que acabas de escuchar oyes al mismo Cristo, escuchas al pastor que apacienta a Israel. Pues a Israel también se le dijo: Les diste a comer llanto con medida. Lo que dice el Apóstol: No permitirá Dios que seáis tentados más allá de lo que podéis, es lo mismo que afirma el profeta al hablar de un llanto con medida. No abandones, por tanto, al que te corrige y exhorta, al que te atemoriza y te consuela, al que te hiere y te sana.


martes, 18 de septiembre de 2018

REFLEXIÓN - QUE NADIE BUSQUE SUS INTERESES PERSONALES, SINO LOS DE CRISTO JESÚS

TIEMPO ORDINARIO
MIÉRCOLES DE LA SEMANA XXIV
De la Feria. Salterio IV
19 de Septiembre

      Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
      (Sermón 46, 6-7: CCL 41, 533-534)

QUE NADIE BUSQUE SUS INTERESES PERSONALES
 SINO LOS DE CRISTO JESÚS

    Ya hemos explicado lo que significa beber la leche, veamos ahora lo que quiere decir cubrirse con la lana. Quien ofrece leche ofrece alimento, quien ofrece lana ofrece honores. Y son precisamente estas dos cosas las que desean del pueblo aquellos que se apacientan a sí mismos y no a las ovejas. Buscan el dinero con que remediar sus necesidades y la aureola del honor con que cubrirse de alabanzas.

    En efecto, por medio de la imagen del vestido queda bien significado el honor, pues el vestido sirve para cubrir la desnudez. Y como todo hombre es débil y está desnudo, también son débiles y están desnudos vuestros pastores. ¿Quiénes son, en realidad, los que os presiden, sino hombres semejantes a vosotros? Como vosotros están revestidos de carne, como vosotros son mortales, como vosotros comen, duermen, se levantan del sueño; como vosotros nacieron y como vosotros morirán. Si, pues, piensas un poco en lo que son de sí mismos los pastores, verás que son simplemente hombres. Si, pues, les das un honor superior al que corresponde a un hombre es como si cubrieras su desnudez.

    Ved sino cómo Pablo considera el honor que recibió del pueblo santo de Dios como si fuera un vestido de esta índole, cuando dice: Me recibisteis como a un enviado de Dios. Porque puedo aseguraros que, de haberos sido posible, los ojos mismos os habríais arrancado para dármelos. Pero a pesar de ser tan grande el honor que de ellos había recibido, ¿acaso para que no menguara este honor o disminuyeran sus alabanzas, dejó de reprenderlos cuando se apartaron del buen camino? Si hubiera obrado de esta forma, también hubiera sido de aquellos pastores que se apacientan a sí mismos, no a las ovejas. En este caso se hubiera dicho a sí mismo: «¿Qué me importa a mí esto? Que cada cual obre según le plazca. Mi vida y mi sustento están a salvo, mi honor no peligra; tengo leche y tengo lana; esto me es suficiente. Que cada cual se arregle como pueda.» ¿Puedes decir que lo tienes ya todo si cada cual debe arreglarse como pueda? En este caso no puedo yo hacerte obispo y te admitiré solamente como uno del pueblo: Cuando un miembro sufre, todos sufren con él.

    Por tanto, el Apóstol, después de haber recordado cómo se comportaron con él, para que no pareciera que ya se había olvidado del honor que recibió, da testimonio de que lo habían recibido como a un enviado de Dios, y que, de haberles sido posible, se hubieran arrancado los mismos ojos para dárselos. Pero, a pesar de ello, no deja de acercarse a la oveja enferma y corrompida, no deja de limpiar sus heridas, no rehúsa curar su podredumbre. Así que -dice-, ¿me he convertido en enemigo vuestro por deciros la verdad? He aquí, pues, que bebió de la leche de las ovejas como hemos recordado más arriba, y se vistió con su lana, pero ello sin descuidar el bien de las ovejas. No buscaba, en efecto, sus intereses personales, sino los de Cristo Jesús.

lunes, 17 de septiembre de 2018

REFLEXIÓN - EL EJEMPLO DE PABLO

TIEMPO ORDINARIO
MARTES DE LA SEMANA XXIV
De la Feria. Salterio IV
18 de Septiembre

      Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
      (Sermón 46, 4-5: CCL 41, 531-533)

EL EJEMPLO DE PABLO

    Hallándose Pablo en cierta ocasión en suma indigencia, encarcelado a causa de la predicación de la verdad, recibió, de parte de los hermanos, bienes con qué subvenir a su pobreza y a sus propias necesidades. Y contestó a los que así lo habían ayudado y les dio las gracias, diciendo: Al socorrer mis necesidades, habéis obrado bien. En cuanto a mí he aprendido ya a tener hartura y a pasar hambre, a abundar y a tener escasez. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, muchas gracias por haberme socorrido con vuestros bienes en mi apurada situación.


    Pero para mostrar qué era lo que él buscaba en el bien que habían realizado y con el fin de evitar que se introdujeran entre ellos algunos que se apacentaran a sí mismos, no a las ovejas, les da a entender que no se alegra tanto de la ayuda que ha recibido cuanto se felicita por el bien que ellos han realizado. ¿Qué es, pues, lo que él buscaba en la acción de ellos? «No busco regalos -dice-, sino rentas que se vayan multiplicando a cuenta vuestra. No persigo saciarme yo, sino que deseo que vosotros no quedéis sin dar fruto.»

    Aquellos, pues, que no llegan a realizar lo que hizo Pablo, trabajando con sus manos para procurar su propio alimento, reciban la leche de sus ovejas y sustenten con ella sus necesidades, pero no olviden tampoco las necesidades de sus rebaños. Que al anunciar el Evangelio no busquen en ello su propio interés, como si trabajaran movidos por el deseo de remediar sus propias necesidades, antes procuren hacerlo pensando en que deben iluminar a los hombres con la luz de la verdad, tal como está escrito: Estén ceñidos vuestros lomos, y encendidas vuestras lámparas; y también aquello otro: No se enciende una lámpara para meterla bajo el celemín, sino para ponerla sobre el candelero, así alumbra a todos los que están en la casa. Alumbre vuestra luz a los hombres para que, viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre celestial.

    Si, pues, enciendes una lámpara en tu casa, ¿no irás añadiendo aceite para que no se apague? Y si la lámpara en la que has vertido ya aceite no ilumina, ¿acaso no la tendrás como indigna de estar colocada sobre el candelero y no la romperás inmediatamente? Por tanto, en aquello mismo de donde sacamos nuestro alimento para vivir nosotros, en aquello mismo debemos encontrar el amor con que saciar a los demás. No como si el Evangelio fuera un bien rentable con cuyo precio se pagara el alimento de los que lo anuncian. Si el Evangelio se vendiera por este precio, se vendería, sin duda, una cosa de gran valor por un precio vil y exiguo. El sustento para la propia vida se recibe del pueblo, el don del Evangelio lo da el Señor. El pueblo no es, por tanto, capaz de pagar debidamente a quienes, por amor, anuncian el Evangelio; y los predicadores no deben esperar, como paga, otra cosa sino la salvación de quienes los escuchan.

    ¿Por qué, pues, son increpados los pastores y de qué se les reprende? Sin duda de haber ido tras la leche de las ovejas y de haberse cubierto con su lana, olvidando el bien de las ovejas. Buscaban, por tanto, sus intereses personales, no los de Cristo Jesús.