Mostrando entradas con la etiqueta San Gaudencio de Brescia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta San Gaudencio de Brescia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de abril de 2018

REFLEXIÓN - EL DON DE LA NUEVA ALIANZA QUE NOS DEJÓ EN HERENCIA

TIEMPO PASCUAL
JUEVES DE SEMANA II
Propio del Tiempo. Salterio II
12 de Abril

De los Tratados de san Gaudencio de Brescia, obispo(Tratado 2: CSEL 68, 30-32)

EL DON DE LA NUEVA ALIANZA 
QUE NOS DEJÓ EN HERENCIA

    El sacrificio celestial instituido por Cristo es verdaderamente el don de su nueva alianza que nos dejó en herencia, como prenda de su presencia entre nosotros, la misma noche en que iba a ser entregado para ser crucificado. Éste es el viático de nuestro camino, con el cual nos alimentamos y nutrimos durante el peregrinar de nuestra vida presente, hasta que salgamos de este mundo y lleguemos al Señor; por esto decía el mismo Señor: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros.

    Quiso, en efecto, que sus beneficios permanecieran en nosotros, quiso que las almas redimidas con su sangre preciosa fueran continuamente santificadas por el sacramento de su pasión; por esto mandó a sus fieles discípulos, a los que instituyó también como primeros sacerdotes de su Iglesia, que celebraran incesantemente estos misterios de vida eterna, que todos los sacerdotes deben continuar celebrando en las Iglesias de todo el mundo, hasta que Cristo vuelva desde el cielo, de modo que, tanto los mismos sacerdotes como los fieles todos, teniendo cada día ante nuestros ojos y en nuestras manos el memorial de la pasión de Cristo, recibiéndolo en nuestros labios y en nuestro pecho, conservemos el recuerdo indeleble de nuestra redención.

    Además, puesto que el pan, compuesto de muchos granos de trigo reducidos a harina, necesita, para llegar a serlo, de la acción del agua y del fuego, nuestra mente descubre en él una figura del cuerpo de Cristo, el cual, como sabemos, es un solo cuerpo compuesto por la muchedumbre de todo el género humano y unido por el fuego del Espíritu Santo.

    Jesús, en efecto, nació por obra del Espíritu Santo y, porque así convenía para cumplir la voluntad salvífica de Dios, penetró en las aguas bautismales para consagrarlas, y volvió del Jordán lleno del Espíritu Santo, que había descendido sobre él en forma de paloma, como atestigua el evangelista san Lucas: Jesús regresó de las orillas del Jordán, lleno del Espíritu Santo.

    Asimismo, también el vino que es su sangre, resultante de la unión de muchos granos de uva de la viña por él plantada, fue exprimido en el lagar de la cruz, y fermenta, por su propia virtud, en el espacioso recipiente de los que lo beben con espíritu de fe.

    Todos nosotros, los que hemos escapado de la tiranía de Egipto y del diabólico Faraón, debemos recibir, con toda la avidez de que es capaz nuestro religioso corazón, este sacrificio de la Pascua salvadora, para que nuestro Señor Jesucristo, al que creemos presente en sus sacramentos, santifique nuestro interior; él, cuya inestimable eficacia perdura a través de los siglos.

martes, 5 de diciembre de 2017

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - Pan para el camino: "Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que vuelva"

TIEMPO DE ADVIENTO
MIÉRCOLES DE LA SEMANA I
06 de Diciembre

     San Gaudencio de Brescia (¿-c. 406), obispo Sermón 2; PL 20,859

Pan para el camino: “Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.” (1 Cor 11,26)

    La noche en que fue entregado, Jesús nos ha dejado como herencia de la nueva alianza la prenda de su presencia. Es el viático de nuestro viaje. Nos alimentamos y nos fortalecemos con este manjar hasta que llegue el Señor, en el momento de salir de este mundo. Por esto dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros (Jn 6,53). Ha querido darnos el sacramento de su pasión. Y por esto manda a sus fieles discípulos, los primeros presbíteros que ha instituido para su Iglesia, celebrar para siempre estos misterios de la vida eterna, misterios que son celebrados por todos los presbíteros en las Iglesias del mundo entero hasta el día que Cristo volverá. Así que todos nosotros, presbíteros y fieles, tenemos cada día ante nuestros ojos la pasión de Cristo, lo tenemos en nuestras manos, lo llevamos a la boca y a nuestro pecho. "Gustad y ved qué bueno es el Señor" (Sl.33,9).

Fuente: ©Evangelizo.org


jueves, 18 de mayo de 2017

REFLEXIÓN - LA EUCARISTÍA ES LA PASCUA DEL SEÑOR

TIEMPO PASCUAL
JUEVES DE SEMANA V
Propio del Tiempo. Salterio I
18 de Mayo

De los Tratados de san Gaudencio de Brescia, obispo(Tratado 2: CSEL 68, 26. 29-30)

LA EUCARISTÍA ES LA PASCUA DEL SEÑOR

    Uno solo murió por todos, el mismo que ahora en cada una de las asambleas cristianas, por el sacramento del pan y del vino, nos rehace con su inmolación, por la fe en él nos da la vida y, ofreciéndose a sí mismo en sacrificio, consagra a los que ofrecen esta oblación.

    Ésta es la carne y la sangre del Cordero, pues aquel pan bajado del cielo afirma: El pan que yo voy a dar es mi carne ofrecida por la vida del mundo. Y con razón su sangre es significada por el vino, ya que, al afirmar él mismo en el Evangelio: Yo soy la vid verdadera, manifiesta con suficiente claridad que el vino es su sangre ofrecida en el sacramento de su pasión; en este sentido el patriarca Jacob había profetizado de Cristo: Lava su ropa en vino y su túnica en sangre de uvas. En efecto, él lavó con su propia sangre la vestimenta de nuestro cuerpo que había tomado sobre sí como una vestidura.

    El mismo Creador y Señor de la naturaleza, el que hace salir el pan de la tierra, convirtió el pan en su propio cuerpo (porque podía hacerlo y así lo había prometido); y el que había convertido el agua en vino convirtió después el vino en su sangre.

    Es la Pascua del Señor, dice la Escritura, esto es, el paso del Señor; no tengas por cosa terrena lo que ha sido convertido en algo celestial por obra de aquel que pasó a esa materia y la ha convertido en su cuerpo y sangre.

    Lo que recibes es el cuerpo de aquel pan bajado del cielo y la sangre de aquella vid sagrada. En efecto, al dar a sus discípulos el pan y el vino consagrados, les dijo: Esto es mi cuerpo; ésta es mi sangre. Creamos, pues, en aquel en quien hemos puesto nuestra confianza: el que es la verdad en persona no puede engañarnos.

    Por esto, cuando hablaba a la multitud de comer su cuerpo y beber su sangre, y la multitud murmuraba desconcertada: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién es capaz de aceptarlas?, queriendo Cristo purificar con fuego celestial estos pensamientos que, como antes he dicho, han de ser evitados, añadió: El espíritu es el que da vida; la carne no vale nada. Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida.