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sábado, 15 de diciembre de 2018

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Viene el que puede más que yo"

TIEMPO DE ADVIENTO
DOMINGO DE LA SEMANA III
16 de Diciembre

     San Máximo de Turín, obispo - Sermón 85: PL 57, 733-736.


«Viene el que puede más que yo» (Lc 3,18).

    Según mi parecer, todas estas actitudes del profeta eran proféticas en sí mismas. Cuando el mensajero de Cristo llevaba un vestido áspero, de piel de camello, ¿no significaba todo ello simplemente que Cristo, en su venida, se revestiría de nuestro cuerpo humano, hecho de un tejido espeso, áspero por sus pecados?… El cinturón de piel significa que nuestra frágil carne, que antes de la venida de Cristo estaba orientada hacia el vicio, él la conduciría a la virtud.

    Nos pide que preparemos la venida del Señor construyendo un camino sólo con la pureza de nuestra fe. El Señor no recorre los caminos de la tierra sino que penetra en el secreto del corazón. Si este camino es rugoso en sus costumbres, duro en nuestra brutalidad, sucio en nuestra conducta, nos pide que lo limpiemos, lo allanemos, lo nivelemos. Así el Señor, cuando venga, en lugar de tropezar, encontrará un camino barrido por la castidad, allanado por la fe, embellecido por las limosnas. El Señor está acostumbrado a andar sobre semejante camino, puesto que el profeta dice:
«Alfombrad el camino del que avanza por el desierto, su nombre es el Señor» (Sal 67, 5).

domingo, 24 de junio de 2018

SANTORAL - SAN MÁXIMO DE TURÍN

TIEMPO ORDINARIO
LUNES DE LA SEMANA XII
25 de Junio


    En Turín, en la Liguria, san Máximo, primer obispo de esta sede, que con su paterna palabra llamó al pueblo pagano a la fe de Cristo, y con sólida doctrina lo condujo al premio de la salvación eterna.
Se conserva la mayor parte de la obra literaria de san Máximo de Turín, pero es muy poco lo que se sabe acerca del autor. Parece que vino al mundo alrededor del año 380 y, por referencias extraídas de algunos de sus escritos, se conjetura que era natural de Vercelli, o de algún otro lugar en la provincia de Recia. El escritor declara que, hacia el año de 397, presenció el martirio de tres obispos misioneros de Anaunia, en los Alpes Réticos. El historiador Genadio, en su «Libro de Escritores Eclesiásticos», que completó hacia fines del siglo quinto, describe a san Máximo, obispo de Turín, como a un profundo estudioso de la Biblia, un predicador diestro en instruir al pueblo y autor de muchos libros, algunos de cuyos títulos menciona. La nota concluye señalando que la actuación de san Máximo floreció particularmente durante los reinados de Honorio y de Teodosio el Joven.

    En el año 451 un obispo Máximo de Turín asistió al sínodo de Milán, presidido por su metropolitano, san Eusebio y, con la participación de otros prelados del norte de Italia, y firmó la carta dirigida al papa san León Magno para declarar la adhesión de la asamblea a la doctrina de la Encarnación, tal como se expuso en la llamada «Epístola dogmática» del Papa. También estuvo presente en el Concilio de Roma del 465. En los decretos emitidos en esa ocasión, la firma de Máximo figura inmediatamente después de la del pontífice san Hilario y, como por aquel entonces se daba precedencia por la edad, es evidente que Máximo era muy anciano. Si es el santo del que hablamos, tuvo que haber muerto poco después de aquel Concilio.

    Sin embargo, no todos los historiadores están de acuerdo con esta perspectiva, y más bien en la actualidad se suele suponer que hubo dos Máximo de Turín, uno fallecido en el 408 o el 423 -que es el que celebramos hoy-, del que tenemos testimonio por Genadio, y otro que asistió a los sínodos mencionados, muerto después del 465, cuyo único recuerdo son esas dos firmas, y que no está inscripto en el Martirologio.

    La colección que se hizo de sus supuestas obras, editadas por Bruno Bruni en 1784, comprende unos 116 sermones, 118 homilías y 6 tratados; pero esta clasificación es muy arbitraria y, posiblemente, la mayoría de las obras citadas deban atribuirse a otros autores. Son particularmente interesantes por darnos a conocer algunas costumbres extrañas y pintorescas de la antigüedad sobre las condiciones en que vivían los pueblos de la Lombardía, en la época de las invasiones de los godos. En una de sus homilías describe la destrucción de Milán por las hordas de Atila; en otra, habla de los mártires Octavio, Solutor y Adventus, cuyas reliquias se conservan en Turín. «Debemos honrar a todos los mártires -recomienda-, pero especialmente a aquellos cuyas reliquias poseemos, puesto que ellos velan por nuestros cuerpos en esta vida y nos acogen cuando partimos de ella». En dos homilías sobre la acción de gracias inculcaba el deber de elevar diariamente las preces al Señor y recomendaba los Salmos como los mejores cánticos de alabanza. Insistía en que nadie debía dejar las oraciones de la mañana y la noche, así como la acción de gracias, antes y después de las comidas. Máximo exhortaba a todos los cristianos para que hiciesen el signo de la cruz al emprender cualquier acción, puesto que «por el signo de Jesucristo (hecho con devoción) se pueden obtener bendiciones sin cuento sobre todas nuestras empresas». En uno de sus sermones, abordó el tema de los festejos un tanto desenfrenados del Año Nuevo y criticó la costumbre de dar regalos a los ricos, sin haber repartido antes limosnas entre los pobres. Más adelante, en esa misma prédica, atacó duramente a «los herejes que venden el perdón de los pecados», cuyos pretendidos sacerdotes piden dinero por la absolución de los penitentes, en vez de imponerles penitencias y llanto por sus culpas.

Fuente: ©Evangelizo.org


sábado, 23 de junio de 2018

LA FRASE DEL DÍA

Domingo 24 de Junio





MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Es necesario que él crezca y yo disminuya"

TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO DE LA SEMANA XII
24 de Junio

      San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo Sermón 99 ; PL 57, 535

“Es necesario que él crezca y yo disminuya”

    Con razón, Juan Bautista puede decir del Señor nuestro Salvador: "hace falta que él crezca y que yo disminuya" (Jn 3,30). Esta afirmación se realiza en este mismo momento: al nacimiento de Cristo, los días aumentan; al de Juan, disminuyen... Cuando aparece el Salvador, el día, con toda evidencia, aumenta; retrocede en el momento en el que nace el último profeta, porque está escrito: "la Ley y los profetas reinaron hasta Juan" (Lc 16,16). Era inevitable que la observancia de la Ley se ensombrezca, en el momento en el que la gracia del Evangelio empieza a resplandecer; a la profecía del Antiguo Testamento le sucede la gloria del Nuevo...

    El evangelista dice a propósito del Señor Jesucristo: "Él era la luz verdadera que alumbra a todo hombre" (Jn 1,9)... Es en el momento en el que la oscuridad de la noche cubría casi el día entero, cuando la súbita llegada del Señor, lo convirtió todo en claridad. Si su nacimiento hizo desaparecer las tinieblas de los pecados de la humanidad, su llegada dio fin a la noche y trajo a los hombres la luz y el día... El Señor dice que Juan es una lámpara: "Él es la lámpara que arde y que alumbra" (Jn 5,35). La luz de la lámpara palidece cuando brillan los rayos del sol; la llama baja, vencida por el resplandor de una luz más radiante. ¿Qué hombre razonable se sirve de una lámpara a pleno sol?... ¿Quién vendría todavía para recibir el bautismo de penitencia de Juan (Mc 1,4), cuando el bautismo de Jesús aporta la salvación?

Fuente: ©Evangelizo.org

sábado, 28 de abril de 2018

REFLEXIÓN - CRISTO ES EL DÍA

TIEMPO PASCUAL
DOMINGO DE SEMANA V
Propio del Tiempo. Salterio I
29 de Abril

      De los Sermones de san Máximo de Turín, obispo
      (Sermón 53, 1-2. 4: CCL 23, 214-216)

CRISTO ES EL DÍA

    Por la resurrección de Cristo se abren las puertas de la región de los muertos; por obra de los neófitos la tierra es renovada; por obra del Espíritu Santo se abren las puertas del cielo. La región de los muertos, una vez abierta, devuelve a sus prisioneros; la tierra renovada germina a los resucitados; el cielo abierto acoge a los que a él ascienden.

    El ladrón sube al paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa, los muertos regresan entre los vivos y, por la acción eficaz de la resurrección de Cristo, todos los elementos se ven enaltecidos.

    La región de los muertos deja salir de sus profundidades a los que allí estaban retenidos, la tierra envía al cielo a los que en ella estaban sepultados, el cielo presenta al Señor a los que acoge en sus moradas; y la pasión del Salvador, con una sola e idéntica operación, nos levanta desde lo más profundo, nos eleva de la tierra y nos coloca en lo alto.

    La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que actuó el Señor.

    La luz de Cristo es un día sin noche, un día que no tiene fin. El Apóstol nos enseña que este día es el mismo Cristo, cuando dice: La noche va pasando, el día está encima. La noche -dice- va pasando, no dice: «vuelve», para darnos así a entender que, con la venida de la luz de Cristo, se ahuyentan las tinieblas del demonio y no vuelve ya más la oscuridad del pecado, y que, con este indeficiente resplandor, son rechazadas las tinieblas de antes, para que el pecado no vuelva a introducirse subrepticiamente.

    Tal es el día del Hijo, a quien el Padre comunica, de un modo arcano, la luz de su divinidad. Tal es el día que dice, por boca de Salomón: Yo hice nacer en los cielos la luz indeficiente.

    Por esto, del mismo modo que la noche no sucede al día del cielo, así también las tinieblas del pecado no pueden suceder a la justicia de Cristo. El día celeste no cesa nunca de dar su luz y resplandor, ni hay oscuridad alguna capaz de ponerle fin; así también la luz de Cristo brilla, irradia, centellea siempre, y las tinieblas de los delitos no pueden vencerla, como dice el evangelista Juan: Esta luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la vencieron.

    Por tanto, hermanos, todos debemos alegrarnos en este día santo. Nadie se retraiga de la común alegría, aunque tenga conciencia de sus pecados; nadie se aparte de la oración común, aunque se sienta agravado por sus culpas. En este día, nadie, por más que se sienta pecador, debe desesperar del perdón, ya que se trata de un día sobremanera privilegiado. Si el ladrón obtuvo la gracia del paraíso, ¿por qué el cristiano no ha de obtener el perdón?


viernes, 18 de agosto de 2017

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "De los que son como ellos es el Reino de los Cielos"

TIEMPO ORDINARIO
SÁBADO DE LA SEMANA XIX
19 de Agosto

San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo Homilía 58, sobre la Pascua; PL 57, 363

«De los que son como ellos es el Reino de los Cielos»

    ¡Qué don tan grande y admirable nos ha hecho Dios, hermanos queridos! En su Pascua..., la resurrección de Cristo hace renacer, en la inocencia de los más pequeños, aquello que ayer perecía en el pecado. La simplicidad de Cristo hace suya la infancia. El niño no tiene rencor, no conoce el fraude, no se atreva a hacer daño. Por eso, este niño que el cristiano llega a ser no se enfurece cuando es insultado, no se defiende si se le despoja, no devuelve los golpes cuando se le pega. El Señor incluso exige orar por los enemigos, dar la túnica y el manto al que te lo roba, presentar la otra mejilla (Mt 5,39ss).

    Esta infancia en Cristo sobrepasa a la infancia simplemente humana. Ésta ignora el pecado, aquella lo detesta. Ésta debe su inocencia a su debilidad; aquella a su virtud. Y todavía es digna de más elogios: su odio al mal viene de su voluntad, no de su impotencia... Cierto que se puede encontrar la sabiduría de un anciano en un niño y la inocencia de la juventud en personas de edad madura. Y el amor recto y verdadero puede madurar en los jóvenes: «Vejez venerable no son los muchos días, dice el profeta, ni se mide por el número de los años; que las canas del hombre son la prudencia» (Sap 4,8). Pero el Señor dice a los apóstoles ya de edad madura: «Os digo que si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los cielos» (Mt 18,3). Y los envía a la fuente misma de su vida; les incita a encontrar de nuevo la infancia, a fin de que en estos hombres cuyas fuerzas ya declinan, renazca la inocencia de corazón. «El que no nazca de agua y de Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos» (Jn 3,5).


Fuente:©Evangelizo.org


sábado, 24 de junio de 2017

SANTORAL - SAN MÁXIMO DE TURÍN

TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO DE LA SEMANA XII
25 de Junio


    En Turín, en la Liguria, san Máximo, primer obispo de esta sede, que con su paterna palabra llamó al pueblo pagano a la fe de Cristo, y con sólida doctrina lo condujo al premio de la salvación eterna.

    Se conserva la mayor parte de la obra literaria de san Máximo de Turín, pero es muy poco lo que se sabe acerca del autor. Parece que vino al mundo alrededor del año 380 y, por referencias extraídas de algunos de sus escritos, se conjetura que era natural de Vercelli, o de algún otro lugar en la provincia de Recia. El escritor declara que, hacia el año de 397, presenció el martirio de tres obispos misioneros de Anaunia, en los Alpes Réticos. El historiador Genadio, en su «Libro de Escritores Eclesiásticos», que completó hacia fines del siglo quinto, describe a san Máximo, obispo de Turín, como a un profundo estudioso de la Biblia, un predicador diestro en instruir al pueblo y autor de muchos libros, algunos de cuyos títulos menciona. La nota concluye señalando que la actuación de san Máximo floreció particularmente durante los reinados de Honorio y de Teodosio el Joven.

    En el año 451 un obispo Máximo de Turín asistió al sínodo de Milán, presidido por su metropolitano, san Eusebio y, con la participación de otros prelados del norte de Italia, y firmó la carta dirigida al papa san León Magno para declarar la adhesión de la asamblea a la doctrina de la Encarnación, tal como se expuso en la llamada «Epístola dogmática» del Papa. También estuvo presente en el Concilio de Roma del 465. En los decretos emitidos en esa ocasión, la firma de Máximo figura inmediatamente después de la del pontífice san Hilario y, como por aquel entonces se daba precedencia por la edad, es evidente que Máximo era muy anciano. Si es el santo del que hablamos, tuvo que haber muerto poco después de aquel Concilio.

    Sin embargo, no todos los historiadores están de acuerdo con esta perspectiva, y más bien en la actualidad se suele suponer que hubo dos Máximo de Turín, uno fallecido en el 408 o el 423 -que es el que celebramos hoy-, del que tenemos testimonio por Genadio, y otro que asistió a los sínodos mencionados, muerto después del 465, cuyo único recuerdo son esas dos firmas, y que no está inscripto en el Martirologio.

    La colección que se hizo de sus supuestas obras, editadas por Bruno Bruni en 1784, comprende unos 116 sermones, 118 homilías y 6 tratados; pero esta clasificación es muy arbitraria y, posiblemente, la mayoría de las obras citadas deban atribuirse a otros autores. Son particularmente interesantes por darnos a conocer algunas costumbres extrañas y pintorescas de la antigüedad sobre las condiciones en que vivían los pueblos de la Lombardía, en la época de las invasiones de los godos. En una de sus homilías describe la destrucción de Milán por las hordas de Atila; en otra, habla de los mártires Octavio, Solutor y Adventus, cuyas reliquias se conservan en Turín. «Debemos honrar a todos los mártires -recomienda-, pero especialmente a aquellos cuyas reliquias poseemos, puesto que ellos velan por nuestros cuerpos en esta vida y nos acogen cuando partimos de ella». En dos homilías sobre la acción de gracias inculcaba el deber de elevar diariamente las preces al Señor y recomendaba los Salmos como los mejores cánticos de alabanza. Insistía en que nadie debía dejar las oraciones de la mañana y la noche, así como la acción de gracias, antes y después de las comidas. Máximo exhortaba a todos los cristianos para que hiciesen el signo de la cruz al emprender cualquier acción, puesto que «por el signo de Jesucristo (hecho con devoción) se pueden obtener bendiciones sin cuento sobre todas nuestras empresas». En uno de sus sermones, abordó el tema de los festejos un tanto desenfrenados del Año Nuevo y criticó la costumbre de dar regalos a los ricos, sin haber repartido antes limosnas entre los pobres. Más adelante, en esa misma prédica, atacó duramente a «los herejes que venden el perdón de los pecados», cuyos pretendidos sacerdotes piden dinero por la absolución de los penitentes, en vez de imponerles penitencias y llanto por sus culpas.

Fuente: ©Evangelizo.org


domingo, 14 de mayo de 2017

REFLEXIÓN - CRISTO ES EL DÍA


TIEMPO PASCUAL
DOMINGO DE SEMANA V
Propio del Tiempo. Salterio I
14 de Mayo

      De los Sermones de san Máximo de Turín, obispo
     (Sermón 53, 1-2. 4: CCL 23, 214-216)

CRISTO ES EL DÍA

    Por la resurrección de Cristo se abren las puertas de la región de los muertos; por obra de los neófitos la tierra es renovada; por obra del Espíritu Santo se abren las puertas del cielo. La región de los muertos, una vez abierta, devuelve a sus prisioneros; la tierra renovada germina a los resucitados; el cielo abierto acoge a los que a él ascienden.

    El ladrón sube al paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa, los muertos regresan entre los vivos y, por la acción eficaz de la resurrección de Cristo, todos los elementos se ven enaltecidos.

    La región de los muertos deja salir de sus profundidades a los que allí estaban retenidos, la tierra envía al cielo a los que en ella estaban sepultados, el cielo presenta al Señor a los que acoge en sus moradas; y la pasión del Salvador, con una sola e idéntica operación, nos levanta desde lo más profundo, nos eleva de la tierra y nos coloca en lo alto.

    La resurrección de Cristo es vida para los difuntos, perdón para los pecadores, gloria para los santos. Por esto el salmista invita a toda la creación a celebrar la resurrección de Cristo, al decir que hay que alegrarse y llenarse de gozo en este día en que actuó el Señor.

    La luz de Cristo es un día sin noche, un día que no tiene fin. El Apóstol nos enseña que este día es el mismo Cristo, cuando dice: La noche va pasando, el día está encima. La noche -dice- va pasando, no dice: «vuelve», para darnos así a entender que, con la venida de la luz de Cristo, se ahuyentan las tinieblas del demonio y no vuelve ya más la oscuridad del pecado, y que, con este indeficiente resplandor, son rechazadas las tinieblas de antes, para que el pecado no vuelva a introducirse subrepticiamente.

    Tal es el día del Hijo, a quien el Padre comunica, de un modo arcano, la luz de su divinidad. Tal es el día que dice, por boca de Salomón: Yo hice nacer en los cielos la luz indeficiente.

    Por esto, del mismo modo que la noche no sucede al día del cielo, así también las tinieblas del pecado no pueden suceder a la justicia de Cristo. El día celeste no cesa nunca de dar su luz y resplandor, ni hay oscuridad alguna capaz de ponerle fin; así también la luz de Cristo brilla, irradia, centellea siempre, y las tinieblas de los delitos no pueden vencerla, como dice el evangelista Juan: Esta luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la vencieron.

    Por tanto, hermanos, todos debemos alegrarnos en este día santo. Nadie se retraiga de la común alegría, aunque tenga conciencia de sus pecados; nadie se aparte de la oración común, aunque se sienta agravado por sus culpas. En este día, nadie, por más que se sienta pecador, debe desesperar del perdón, ya que se trata de un día sobremanera privilegiado. Si el ladrón obtuvo la gracia del paraíso, ¿por qué el cristiano no ha de obtener el perdón?

viernes, 14 de abril de 2017

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "El signo de salvación"

TIEMPO DE CUARESMA
VIERNES SANTO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
14 de Abril

  San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo Sermón 38; Pl 57, 341s; CCL 23, 149s

El signo de salvación

    El Señor, en su Pasión, asumió todos los errores que había cometido el género humano a fin de que, en lo porvenir, no hubiera nada que condujera al hombre al error. La cruz es, pues, un gran misterio, y si tratamos de comprenderla, el mundo será salvado por este signo. En efecto, cuando los marineros se lanzan a la mar, primero levanta el mástil y extienden la vela para que empiece a olear; así forman la cruz del Señor y, es cierto que, gracias a este signo del Señor llegan al puerto de la salvación y escapan a cualquier peligro de muerte. La vela suspendida del mástil es, en efecto, la imagen de este signo divino igual como Cristo ha sido levantado sobre la cruz. Y es por eso que, a causa de la confianza que viene de este misterio, esos hombres no se inquietan por las borrascas del viento y llegan al puerto deseado. De la misma manera, así como la Iglesia no puede permanecer en pie sin la cruz, así también una nave se debilita sin su mástil. Cierto que el diablo la atormenta y el viento ataca a la nave, pero cuando se levanta el signo de la cruz, la injusticia del diablo es rechazada, la borrasca cae inmediatamente…

    Tampoco el que cultiva la tierra empieza su trabajo sin la señal de la cruz: uniendo los elementos de su arado imita la imagen de una cruz… También el cielo, con sus cuatro direcciones, está dispuesto como una imagen de este signo, el Oriente, el Occidente, el Sur y el Norte. La misma forma del hombre cuando levanta las manos, representa una cruz; sobre todo cuando oramos con las manos levantadas, a través de nuestro cuerpo proclamamos la Pasión del Señor… Es con este signo que Moisés, el Santo, venció en la guerra contra los Amalecitas: no con las armas, sino con las manos levantadas hacia Dios (Ex 17,11)…

    Así pues, por este signo del Señor el mar se abre, la tierra se cultiva, el cielo se gobierna, los hombres se salvan. Y yo incluso afirmo que por este signo del Señor, las profundidades del reino de los muertos, se abren. Porque el hombre Jesús, el Señor, el que llevaba la verdadera cruz, ha sido sepultado en tierra, y la tierra que él mismo había profundamente.

Fuente: ©Evangelizo.org


miércoles, 1 de marzo de 2017

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "Cuaresma, cuarenta días que nos conducen hacia el bautismo en la muerte y resurrección de Cristo"

TIEMPO DE CUARESMA
MIÉRCOLES DE CENIZA 
01 de Marzo


      San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo Sermón 28; PL 587

Cuaresma, cuarenta días que nos conducen hacia el bautismo en la muerte y resurrección de Cristo

    “En el momento favorable te escuché; el día de la salvación te auxilié” (cf Is 49,8). El apóstol Pablo continúa la cita por estas palabras: “Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación.” (2Cor 6,2). Por mi parte, os hago testimonios de que han llegado los días de salvación, ha llegado, de algún modo, el tiempo de la curación espiritual. Podemos cuidar todas las llagas de nuestros vicios, todas las heridas de nuestros pecados, si lo pedimos al médico de nuestras almas, si...no descuidamos ninguno de sus preceptos....

    El médico es Nuestro Señor Jesucristo, quien dijo. “Soy yo quien da la vida y la muerte (Dt 32,39). El Señor primero da la muerte, luego la vida. Por el bautismo, el Señor destruye en nosotros el adulterio, el homicidio, los crímenes y robos. Luego, nos hace vivir como hombres nuevos en la inmortalidad eterna. Morimos a nuestros pecados, evidentemente, por el bautismo, volvemos a la vida gracias al Espíritu de vida... Entreguémonos a nuestro médico con paciencia para recobrar la salud. Todo lo que habrá descubierto en nosotros, como indigno, manchado por el pecado, comido por las úlceras, lo cortará, lo zanjará, lo retirará para que no quede nada de todo esto en nosotros, sino sólo lo que pertenece a Dios.

    La primera prescripción suya es: consagrarse durante cuarenta días al ayuno, a la oración, a las vigilias. El ayuno cura la molicie, la oración alimenta el alma religiosa, las vigilias echan fuera las trampas del diablo. Después de este tiempo consagrado a estas observancias, el alma purificada y probada por tantas prácticas, llega al bautismo. Recobra fuerzas sepultándose en las aguas del Espíritu: todo lo que fue quemado por las llamas de las enfermedades renace en el rocío de la gracia del cielo... Por un nuevo nacimiento, nacemos transformados.


Fuente: ©Evangelizo.org

viernes, 9 de diciembre de 2016

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - Responder a las llamadas de Dios a convertirnos desde el fondo de nuestro corazón

TIEMPO DE ADVIENTO
VIERNES DE LA SEMANA II
09 de Diciembre

      San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo Sermón CO 61a; PL 57, 233

Responder a las llamadas de Dios
 a convertirnos desde el fondo de nuestro corazón

    Hermanos, aunque yo no os hable de ello, el tiempo nos basta para darnos cuenta de que esta cerca el aniversario de la Natividad de Cristo, nuestro Señor. La misma creación expresa la inminencia de un acontecimiento en que todo quede restablecido de la mejor manera. También ella desea con impaciencia ver como se iluminan sus tinieblas con el resplandor de un sol más brillante que el sol ordinario. Esta espera de la creación a que se renueve su ciclo anual nos invita a esperar el nacimiento del nuevo sol, que es Cristo, que ilumina las tinieblas de nuestros pecados. El sol de justicia ( Ml 3,20), que aparecerá con toda su fuerza, disipará la oscuridad de nuestros pecados que ha durado tanto tiempo. Él no soporta que el curso de nuestra vida se vea ahogado por las tinieblas de la existencia; quiere dilatarla con su poder.

    Así que, de la misma manera que en estos días de solsticio, la creación difunde más ampliamente su luz, despleguemos también nuestra justicia. De la misma manera que la claridad de este día es un bien común a pobres y ricos, que nuestra generosidad se extienda tanto a los viajeros como a los pobres. El mundo, en este tiempo restringe la duración de las tinieblas; y nosotros acortemos las sombras de nuestra avaricia… Que se funda todo hielo en nuestros corazones; que crezca la semilla de la justicia, calentada por los rayos del Salvador.

    Hermanos, preparémonos, pues, a acoger el día del nacimiento del Señor adornados con vestidos resplandecientes de blancura. Hablo de los que visten el alma, no el cuerpo. El vestido que cubre nuestro cuerpo es una túnica sin importancia. Pero el cuerpo es un objeto precioso que reviste al alma. El primer vestido está tejido por manos humanas; el segundo es obra de las manos de Dios. Por eso es necesario velar con una solicitud muy grande para preservar de toda mancha la obra de Dios… Antes de la Natividad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda suciedad. Presentémonos, no revestidos de seda, sino con obras de valor… Comencemos, pues, por adornar nuestro santuario interior.

Fuente: ©Evangelizo.org


lunes, 29 de agosto de 2016

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "A TI NIÑO, TE LLAMARÁN PROFETA DEL ALTÍSIMO"

TIEMPO ORDINARIO
LUNES DE LA SEMANA XXII
29 de Agosto

     San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo  Sermón, 36

“A ti niño, te llamarán profeta del Altísimo” (Lc 1,76)

   Entre los títulos de gloria del santo bienaventurado Juan Bautista, celebramos hoy su fiesta, no sé a cuál de ellas darle preferencia: ¿a su nacimiento milagroso o a su muerte más milagrosa todavía? Su nacimiento aportó una profecía (Lc 1,67s), su muerte la verdad; Su nacimiento anunció la llegada del Salvador, su muerte condenó el incesto de Herodes. Este hombre santo... mereció a los ojos de Dios, no desaparecer de la misma manera que otros hombres de este mundo: dejó este cuerpo recibido del Señor, confesándolo. Juan cumplió en todo la voluntad de Dios, ya que su vida y su muerte corresponden a sus designios...

    Todavía está en el vientre de su madre cuando ya celebra la llegada del Señor, por sus movimientos de alegría, ya que no podía hacerlo con su voz. Isabel le dice a María: “En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre" (Lc 1,44). Juan exulta pues, antes de nacer, y antes de que sus ojos no reconozcan al que se presenta al mundo, su espíritu reconoce al que es el Maestro. Pienso que este es el sentido de la frase del profeta: "Antes de formarte en el vientre materno, te conocí; antes de que salieras del seno materno, te consagré" (Jr 1,5). No nos asombremos pues, si encerrado en la prisión por mandato de Herodes, continuó predicando a Cristo a través de sus discípulos (Mt 11,2), ya que, encerrado en el seno de su madre, ya anunciaba, por sus estremecimientos la llegada del Señor.

Fuente:©Evangelizo.org

sábado, 13 de agosto de 2016

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "IGUAL QUE LOS NIÑOS"

TIEMPO ORDINARIO
SÁBADO DE LA SEMANA XIX
13 de Agosto

      San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo  Homilía 58; PL 57, 363-366

“Igual que los niños”

    A los Apóstoles ya maduros y de edad, el Señor dice: "Si vosotros no cambiáis y volvéis a ser como este niño, no entraréis en el Reino de los cielos" (Mt 18,3-4)... Les incita a recuperar la infancia, a fin de que... renazcan a la inocencia del corazón. «El que no nace del agua del Espíritu, no puede entrar en el Reino de los cielos» (Jn3,5).

    Dice el Señor a sus apóstoles: ”Si vosotros no cambiáis y volvéis a ser como este niño”: no dice “como éstos niños”, sino “como este niño”. Escoge uno, propone uno solo. ¿Cuál es este niño que el Señor propone como ejemplo a sus discípulos? No creo que fuera un niño del pueblo, de la muchedumbre de los hombres, que ofreciera a los apóstoles un modelo de santidad para el mundo entero. No, no creo que este niño saliera del pueblo sino del cielo. Es el niño del cielo del que habla Isaías: “Porque un niño nos ha nacido, uno hijo se nos ha dado” (Is 9,5). Este es el niño inocente que no sabe devolver insulto por insulto, golpe por golpe--- antes bien, en plena agonía ora por sus enemigos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Así, en su santidad, el Señor desborda de la simplicidad que la naturaleza confiere a los niños. El es este niño que pide a los pequeñuelos que le imiten y le sigan.

Fuente: ©Evangelizo.org

miércoles, 10 de agosto de 2016

MEDITACIÓN DEL EVANGELIO - "SAN LORENZO COMO UN GRANO ECHADO EN TIERRA"

TIEMPO ORDINARIO
MIÉRCOLES DE LA SEMANA XIX
10 de Agosto

      San Máximo de Turín (¿-c. 420), obispo  Sermón 40

San Lorenzo, como un grano echado en tierra

    A primera vista, un grano de mostaza se ve pequeño, corriente y despreciable; no tiene sabor, no exhala ningún olor, ni se presenta dulce. Pero cuando ha sido triturado, expande su olor, muestra su fuerza, tiene sabor fuerte y quema de tal manera que nos quedamos extrañados de encontrar un tal fuego metido en un grano tan pequeño… Igualmente la fe cristiana parece pequeña a primera vista, corriente y débil; no muestra su poder, no hace alarde de su influencia. Pero cuando ha sido triturada por diversas pruebas, muestra su fuerza, hace estallar su energía, exhala la llama de su fe en el Señor. El fuego divino le hace vibrar con un ardor tal que, ardiendo ella misma, calienta a los que la comparten, como se dice de Cleofás y su compañero en el santo Evangelio, cuando el Señor conversaba con ellos después de su Pasión: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24,32)…

    Podemos bien comparar al santo mártir Lorenzo al grano de mostaza; triturado por múltiples torturas, mereció ante toda la tierra la gracia de un martirio esplendoroso. Mientras vivía, era humilde, ignorado, corriente; después de haber sido torturado, destrozado y quemado, derramó sobre todos los fieles del mundo el buen olor de su noble alma… Visto desde el exterior, este mártir quemaba gracias a las llamas de un tirano cruel; pero una llama mayor, la del amor de Cristo, le consumía interiormente. A un rey impío le pareció bien añadir leña y hacer arder un fuego más grande aún; san Lorenzo, en el ardor de su fe, no sintió en absoluto estas llamas… Ya ningún sufrimiento de la tierra tiene poder sobre él: su alma está ya en el cielo.

Fuente: ©Evangelizo.org