La Virgen María nos enseña que, el acercarse a Dios, es un proceso permanente; un movimiento del alma que ha de durar toda la vida, y que el medio para caminar hacia él es la oración.
Amada Señora, toda mi dicha la espero de tu intercesión. Tú me has de librar de mis pecados; tú me obtendrás la perseverancia; tú me has de asistir en la hora de la muerte; tú me has de librar del purgatorio; tú, en fin, me has de conducir al paraíso.
Todo esto han esperado de Ti los que te aman, y ninguno se ha visto defraudado.
Lo mismo espero yo, ya que te amo con todo el corazón, y sobre todas las cosas después de Dios. Amén.


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