La Virgen María nos enseña que, el acercarse a Dios, es un proceso permanente; un movimiento del alma que ha de durar toda la vida, y que el medio para caminar hacia él es la oración.
Te agradezco, Madre mía, tantos bienes que me has regalado. Reina mía, ¡de cuántos peligros me has librado! ¡Cuántas luces y misericordias me has alcanzado de Dios! ¿Qué atenciones o qué beneficios has recibido de mí, para que así te empeñes en favorecerme? Sólo tu bondad es lo que te mueve.
Aunque diera por Ti mi sangre y mi vida, sería muy poco para lo que te debo, a Ti que me has librado de eterna muerte y por Ti he recobrado la gracia de Dios, como confío. Amén.


No hay comentarios:
Publicar un comentario