La Virgen María nos enseña que, el acercarse a Dios, es un proceso permanente; un movimiento del alma que ha de durar toda la vida, y que el medio para caminar hacia él es la oración.
¡Bienaventurada siempre Virgen María!, te encomendamos a los hombres y a las mujeres que habitan en la tierra.
Que, al seguir tu ejemplo, escuchen la palabra de Dios y tengan respeto y compasión por los demás, especialmente por los que son diversos de ellos.
Que, con un solo corazón y una sola mente, trabajen para que todo el mundo sea una verdadera casa para todos los pueblos de la tierra. ¡Dadnos el don maravilloso de la Paz! Amén.


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