La Virgen María nos enseña que, el acercarse a Dios, es un proceso permanente; un movimiento del alma que ha de durar toda la vida, y que el medio para caminar hacia él es la oración.
Te amo, Madre mía, y quisiera un gran corazón que te amara por todos los que no te aman.
Quisiera una lengua que pudiera alabarte por mil que no te alaban, y mostrar al mundo tu grandeza, tu santidad, tu pureza, tu misericordia y el amor con que amas a los que te quieren.
Quisiera en fin, si falta hiciera, dar por Ti y por tu gloria, hasta la vida. Amén.


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